Hay preguntas que son demagógicas. ¿Sabemos cómo nos podría cambiar a España y a los españoles si Podemos gana las próximas elecciones? ¿O cómo nos puede afectar si es el PP el que las vuelve a ganar? ¿Conocemos qué puede pasar si todos los chorizos que han robado a manos llenas en este país no devuelven lo robado y son juzgados y encarcelados por sus delitos? ¿Repercutirá eso en nuestras futuras pensiones de jubilación?

¿Lo sabemos? No. Podemos hacernos una idea, más o menos acertada, o completamente errónea, pero ninguno de nosotros tiene una bola de cristal que nos vaticine lo que va a suceder en un futuro no muy lejano y, por tanto, nadie puede saber lo que va a pasar. Ni siquiera el gran "Andro Rey". Ni con esos temas ni con lo que preguntan algunas personas que están en contra de la independencia catalana.

¿Qué va a pasar con las pensiones, tanto catalanas como españolas, si Cataluña se independizara?

¿Cómo repercutirá en la sanidad o la educación de ambos países si eso llegara a suceder? ¿Qué tipo de gobierno se pondría al mando de Cataluña, como nuevo país europeo? ¿Qué moneda podrá adoptar el pueblo catalán? ¿Será admitida con el tiempo en la CEE o vagará, como quiere hacer creer el ministro Margallo, en el espacio interestelar, por los siglos de los siglos, amén? ¿Podrá el Barça seguir jugando en la liga española o tendrán los catalanes que crear una propia, donde el "derby" sea el Barça-Mollerussa?

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¿Las empresas afincadas en Cataluña se irán corriendo, llevándose todas sus pertenencias, para dejar de tener su sede fiscal en un país que no sabe lo que le deparará el futuro como independiente? ¿Se irá Messi al Real Madrid? (Ésta última pregunta llevan haciéndosela algunos desde antes de que estallara el tema de la independencia catalana, pero me apetecía sacarla a colación). Para empezar, todos los catalanes saben que el futuro tras un proceso de independencia es muy incierto, porque nunca se ha hecho algo así en los últimos siglos, una independización de un territorio por la vía legal, sin guerras, y nadie puede saber cómo será lo que venga después.

Se pueden hacer estudios, proyecciones de futuro, estadísticas o lo que se quiera para intentar determinar lo que va a suceder después, pero son todo hipótesis. Hasta que no suceda, hasta que la independencia sea un hecho consumado, no se puede saber.

La lógica indica que las cosas, a largo o medio plazo, van a mejorar con la independencia del territorio catalán, pero todo es un resultado completamente hipotético.

Y aún así, aún sin saber a ciencia cierta lo que va a suceder, sabiendo que la balanza se puede decantar hacia uno u otro lado, que puede salir bastante bien (tampoco nadie espera milagros y que los perros salgan a la calle atados con longanizas) como puede ser un tremendo fiasco, la mayoría de catalanes quieren dar ese paso. Saben que es casi como ponerse a jugar a la ruleta rusa, y aún así lo aceptan.

¿No sugiere nada esa forma de actuar? Hasta dónde tienes que estar de tu actual situación para, estando al borde de un precipicio con un río al fondo, a varias decenas de metros, con una corriente que sabes que te arrastrará durante unos cientos de metros hasta que te deje en una zona de aguas mansas, termines tomando la decisión de saltar, sin saber si vas a sobrevivir a la caída o no? Pues eso. Pero los catalanes tienen un flotador con la cabeza de un patito que les ayudará a salir a flote una vez que lleguen al agua. Y ese patito tiene un nombre: se llama "20% del PIB". Posiblemente les ayude a salir a flote...

Seguramente, si esto lo quisiera hacer Extremadura, o Andalucía, por poner ejemplos de CCAA que históricamente son deficitarias en el ámbito nacional, sería un estrepitoso fracaso, un suicidio colectivo sin ningún tipo de dudas. En el caso de Cataluña, y gracias a ese "patito", podría serlo en una horquilla que va del 25% al 50%. La probabilidad de salir a flote y recuperarse en un relativamente corto espacio de tiempo les da bastante margen para creer en una más que aceptable opción de recuperación socio-económica. Digamos que no será el tambor de seis balas del revólver, con una bala dentro, con el que se pondrán a jugar a la ruleta rusa, sino más bien con un cargador de veinte proyectiles, donde diecinueve de ellos están vacíos y el otro es de fogueo. Puede llevarse una quemadura dolorosa y un dolor de oídos que le dure unos días, semanas o incluso meses, pero no se morirá por ello, y se podrá recuperar.

Y eso es lo que más le escuece al gobierno central: la capacidad de recuperación que ha demostrado el pueblo catalán durante varios siglos de ser tratada como la "oveja negra", ese hijo díscolo que no acata todas las órdenes de su padre autoritario con un "sí, papá", como a ellos les hubiese gustado escuchar, pero que sabe buscarse la vida para poder entregar en casa lo que gana trabajando y, a pesar de ello, cubrir sus gastos sin depender totalmente de la "paga semanal" que recibe, menor que la de sus otros hermanos más dóciles y sumisos.

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