Lo peor, lo más aberrante de los nacionalismos e independencias indefendibles, inquisidores de la verdad y el rigor histórico, socios a partes iguales de una sucesión de mentiras ignominiosas, es cuando traspasan sus oriundas fronteras y encuentran ligeras e ignorantes simpatías al otro lado, en el "bando opresor" y en aquel territorio al que (con éste dicen no mantener disputas centenarias) no quieren dejar de pertenecer: Europa.

Es lo más abyecto y también lo más triste el hecho no ya de que una mentira, en su propia parcela de actuación, a fuerza de ser repetida merezca ser verdad, sino que esa burda tergiversación sin límites de velocidad y elocuente fantasía, llegue, roce, cale o impregne a ciertas personas -gente en principio normal, con cultura, crítica y autocrítica, es decir, personas adultas y maduras- de España, o mejor dicho, del resto de España.

Porque la mayor amenaza de los nacionalismos (y también su mayor logro) es alcanzar a tocar tierra en las Antillas ideológicas y quemar sus naves con la certeza de que esos nuevos extranjeros, perplejos ante el desconocimiento de una realidad que no es la suya, les acogerán con la mayor hospitalidad y no osarán contravenirles en asuntos foráneos. Sin embargo, el problema de Cataluña es también el problema de España, y viceversa, aunque a muchos les convenga Mas eliminar la mitad de la ecuación, y la realidad es la misma y compartida.

El caso es que se trata de una de sus vacas sagradas, de uno de susleitmotiv que rezan de memoria acompasados en perfecta armonía: la situación de Cataluña sólo se entiende desde Cataluña, y, por tanto, cualquier comentario, opinión o discurso intrépido venido desde el otro lado de la frontera (autonómica) carece de cualquier credibilidad por su natural desconocimiento. Me gustaría saber entonces qué valor se les da a las opiniones de los inmigrantes andaluces, extremeños, gallegos, aragoneses, etc.

que se vieron obligados a cambiar de tierra para seguir llevando la comida a casa. ¿A ellos cómo les consideran: extranjeros, inmigrantes legales, catalanes de segunda, catalanes a secas, gente que aún tiene que hacer méritos para sacarse el visado de permanencia en Cataluña? ¿Cómo juzgarán a los hijos de estos mismos inmigrantes, catalanes todos ellos, pero con sus raíces ancladas en otras partes de España a las que acuden en vacaciones para juntarse con el resto de familia y amigos?

¿Y un catalán que haya recorrido el camino opuesto y haya terminado dando con sus huesos en Oviedo, Madrid, Sevilla o Milán; a ése ya se le tomará por un extranjero o todavía tendrá derecho a opinar aun residiendo fuera de Cataluña desde hace años? ¿Y sus hijos futuros serán tenidos en cuenta como catalanes, dado que corre sangre catalana por sus venas, o ya no podrán abrir la boca para decir lo que les parezca de la tierra de su padre y suya, a la que regresarán, ellos también, en vacaciones?

Por lo que se ve, los atentados contra la razón y el sentido común tienen la lengua y las piernas muy largas y por ello se ven libres de campar a sus anchas, pero a los independentistas eso les importa más bien poco: ¿los argumentos, las ideas?: sólo en una dirección, no vaya a ser que se les vuelva con violencia el boomerang lanzado.

Por ello, animo a los independentistas a ser coherentes, y les emplazo a que no cometan la incongruencia de manifestar sus ideas al respecto de la guerra de Siria, la corrupción de Nicaragua, las bravuconadas de Putin o la posible independencia de Escocia, dado que ellos ni son sirios, ni nicaragüenses, ni rusos, ni escoceses, y no están viviendo in situ la realidad de aquellos lugares... ¿El argumento se cae solo, verdad?...

En consecuencia, parece que, perezosos, cansados o hastiados después de décadas de envite nacionalista, parte del resto de España ha optado por la opción de esconder la cabeza y ver los toros desde la barrera, y dejar que hagan, como diciendo, "bah, dejadles hacer, es su país, su historia, su lengua, sus sentimientos".

El problema es que por mucho valor que demos a los sentimientos, éstos no pueden suplantar ni la verdad ni la razón, ni deben alterar, póstumamente, la historia pasada. También somos muchos los naturales de una Comunidad con historia y cultura propias (como todas); con lengua propia, además del español; y con unos sentimientos que nunca nos han impendido sentirnos al mismo tiempo españoles y valencianos (en este caso, un servidor); pero claro, si lo dicen unos que llevan armando la de San Quintín desde hace ni se sabe, pues algo de razón tendrán, ¿verdad?, o eso se les acaba presuponiendo... Es curioso cómo hay determinados sentimientos que están permitidos y otros que no, porque, digo yo, si ahora se me ocurriera decir a mí, por ejemplo, que Jaime I el Conquistador aniquiló los derechos de los antiguos valencianos e impuso un régimen feudal que arrasó con la cultura musulmana (algo tan cierto como que la Tierra es plana), ¿qué pasaría?

¿Qué sucedería si uno aquí presente fuese por ahí pregonándolo como verdad absoluta, coleccionando sus grupos de seguidores, haciendo presión en las instituciones, inventando una historia que no representase a ninguno de los valencianos, sino sólo a unos intereses particulares, ruines y abyectos? No se trata ya de una cuestión de valor (aunque parece que a muchos les falta), sino de puro sentido común, de ser coherentes, de no admitir argumentos inadmisibles y además hacerlo con el agravio de a unos sí y a otros no.

La segunda parte de todo esto es cuando nosotros, los considerados "extranjeros", nos adentramos en esas tierras tan desconocidas y alejadas, situadas a años luz de nuestra realidad y nuestro mundo, en las que el orden parece el inverso; donde la lógica de la lógica se vuelve ilógica; las sumas, restan; y el sol sale por poniente, o así es como intentan vendernos ese lugar diferente (esa es la palabra) que, por lo general, no difiere en mucho al resto. Cuando hacemos eso podemos conocer a gente que defiende estas tesis cuando menos muy dudosas, y, curioso, entablar una cierta relación o amistad con ellos. Y es que en nuestra limitada concepción, o es una cosa o es la otra: o somos antinacionalistas o amigos suyos, cuando, en realidad, nada tiene que ver la amistad con la ideología. Pero claro, nos confundimos, y eso nos reblandece, y decimos: "ah, mira, qué majos, si no son tan malos". ¡Claro que no lo son! La maldad no se deriva de querer seguir formando parte de un país o no, pero una vez rota esa distancia al conocer y compartir momentos y experiencias enriquecedoras con esas personas a las que han encaminado a buscar algo erróneo, no se puede uno permitir el desliz estúpido de apoyar su postura basándose en la amabilidad, atención, hospitalidad o gracia sin par de aquellas gentes; igual que cuando un amigo o familiar nuestro se está equivocando, no podemos apoyarle ciegamente en su insistencia. 
Todos nosotros sabemos de las mentiras y manipulaciones de las instituciones catalanas al hablar en los libros de texto de las tropas "catalanoaragonesas"; del menosprecio al Siglo de Oro valenciano (perfectamente documentado y un siglo anterior al Siglo de Oro español) y su intento por hacerse con escritores de la talla de Joanot Martorell, autor del Tirant lo Blanch (uno de los poquísimos libros que, por su calidad, Cervantes salva en el Quijote de la quema); el ficticio y no menos original y estrambótico mapa de los païssos catalans en la información meteorológica de TV3; la telaraña de gramática catalana que tuvo que hacer Pompeu Fabra para tener algo a lo que aferrarse; la inmensa falsedad de que con Felipe V se iniciara la opresión de Cataluña, porque, yo me pregunto, ¿y antes de Felipe V es que ya existía Cataluña como país, o esto qué es? Se les olvida a muchos que Felipe V, nieto de la Infanta María Teresa de España, fue hecho heredero conforme a Derecho del trono de las Españas en el testamento de Carlos II, y por ello, llegó a Madrid el 18 de febrero de 1701, trasladándose meses más tarde a Barcelona, en donde renovó, el 12 de octubre de ese mismo año, los fueros catalanes que había jurado anteriormente en Lérida. Sin embargo, las potencias extranjeras (Austria, Inglaterra y Holanda), ante la posibilidad de la continuación de la fuerte dinastía borbónica ahora también al sur de los Pirineos, proclamaron en Viena Rey al Archiduque Carlos de Austria con el nombre de Carlos III, a partir de lo cual se desató la guerra primero en Flandes e Italia y luego ya en la Península, declarándose ésta el 15 de mayo de 1702. Incapaces de hacer frente al asalto y bombardeo de las tropas austracistas a las costas catalanas y más tarde al interior, y guarnecidos ante las sospechas de las posibles heterodoxias políticas o filosóficas de Felipe V, las instituciones catalanas juraron al Rey intruso traicionando al borbón (curioso dato, ¿no creen? Esto lo cambia todo).

Es falso también que los territorios que formaban la Corona de Aragón apoyaran al Archiduque Carlos y los de Castilla a Felipe V: partidarios de este último hubo en Cataluña, Valencia y Aragón -incluso la localidad leridana de Cervera fue reconocida con una universidad bajo el mandato de Felipe V-.

Resulta curiosísimo, del mismo modo, que a los defensores maulets (austracistas), a los que nunca les importó en absoluto la imposición de la lengua catalana, en la defensa de Barcelona del 11 de septiembre de 1714 ante las tropas borbónicas, salieran al grito de "¡Visca Espanya!" y "¡Visca el Rei d'Espanya!", (en defensa del Archiduque Carlos), como Emili Giralt, historiador nacionalista, tiene que acabar reconociendo... Sabiendo todo esto, y sabiendo que tanto Felipe V como el Archiduque Carlos defendían concepciones políticas del Antiguo Régimen y ninguno de los dos luchó contra Cataluña, sino que toda España se vio envuelta en esa cruel contienda para defender su reinado por derecho el primero y para obtenerlo a través de una guerra el segundo, me pregunto: ¿qué nueva historia se sacarán de la manga ahora los portadores orgullosos de la estelada?

Se les va de la mano con ese alzhéimer histórico tan endémico suyo, que la Renaixença fue una creación para justificar una historia y lengua supuestamente sólidas e independientes desde siglos, y que a quien se saliera de la corriente tácita de escribir en catalán, aunque fuera un autor tan sobresaliente como Joan Maragall, se le menospreciaba, insultaba y echaba a los leones.

Todos sabemos, pues, de estas mentiras y manipulaciones, y sin embargo, muchos apoyan el "derecho de un pueblo a decidir" refugiándose en ambages y sin agarrar al toro por los cuernos, aunque sea un derecho corrompido, irreconocible, sucio y torticero; un derecho que es todo menos derecho.

Todos lo sabemos y muchos prefieren mirar a otro lado, quizá por cobardía, quizá por comodidad, quizá por pueril ignorancia o por todo junto. Todos lo sabemos y muchos no hacen nada... O quizá nadie lo sabe y por eso, además, tenemos que ver a franceses, italianos o alemanes sumándose a la festividad del 11 de septiembre con estelada en mano solidarizándose con la población local.

¡Joder, merecemos que se independicen ya sólo por el hecho de habérnosla metido doblada!

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