El pasado sábado por la noche, antes de irme a la cama, decido echar un último vistazo a mi Facebook (temerosa, últimamente hay que estar preparada para malas y peores noticias, y sin embargo, sigo sintiendo la necesidad de saber qué pasa). Y allí me la encuentro, una vez más, una noticia de Público de la que se había hecho eco el Observatorio de Justicia Animal. Leo que un hombre había sido detenido por matar a un perro a golpes, el jueves, en plena calle en Córdoba.

Al parecer, el individuo fue denunciado por un testigo que declaró que, tras ver al asesino propinar varios golpes en la cabeza al perro, presenció cómo depositaba el cadáver en una bolsa y ésta en una papelera. Efectivamente, allí sería encontrado el perro durante la inspección de los agentes.

Y es aquí cuando se me pasan por la cabeza algunas preguntas:
  1. Supongo que esto dependerá de la fuerza de los golpes, pero: ¿cuánto tiempo habría estado presenciando el testigo la situación, hasta que se dio cuenta de que el perro ya estaba muerto? Y otra que iría relacionada con la anterior: ¿cómo pudo soportarlo?
  2. Sucedió en plena calle, ¿sería el denunciante el único testigo de esta atrocidad? ¿cuánta gente habría optado por mirar para otro lado?, pues, en el fondo, es algo muy desagradable de ver, que desde luego te chafaría el resto de la noche.
  3. Aquí la que de verdad me preocupa: ¿qué habría hecho yo de presenciarlo?

Pues bien, como imagino que igual que a la mayoría de la gente que no soporte que se maltrate a un ser indefenso (al menos alguien de mi envergadura, no impongo mucho precisamente), me asusta el mero hecho de plantearme qué hacer en una situación así.

Está claro que si lo veo no puedo permitir que ocurra, pero ¿se la tomará contra mí el agresor?, ¿irá armado?, ¿podría terminar con secuelas de por vida, o incluso… morir?

Después de darle algunas (varias) vueltas a estas cuestiones, termino por concluir que este miedo (en ocasiones paralizante, como todos los miedos) no está tan fundado como yo creo, afortunadamente.

Por un lado, alguien que hace algo así, en principio, no es que sea la persona más valiente del mundo (ah, ¿mencioné que el perro en cuestión pesaba unos siete kilos?

Todo un machote el asesino, sí señor). Y por otro lado, siempre está ahí el miedo a que realmente sea un loco, y que por tanto no le preocupen las consecuencias que le puedan acarrear sus actos. Peero… si nos paramos a pensarlo un poco, nos daremos cuenta de que lo más probable es que este tipo de gente decida ensañarse con un ser indefenso no solo física, si no también jurídicamente.

Y sí, lamentablemente en España este tipo de conductas han tenido y tienen todavía consecuencias (tanto económicas como penales) irrisorias, cuando no nulas.

Por suerte, existen partidos políticos que están despuntando como PACMA, y asociaciones sin ánimo de lucro como El Refugio, que se dedica, entre otras cosas, a denunciar el abandono y maltrato de los Animales.

Fue el año pasado por estas fechas, el 12 de junio, cuando se celebró en España el primer juicio a un hombre por matar de una patada a su perra de seis meses (se sigue demostrando que son unos valientes, ellos).

Entonces, El Refugio se personó como acusación y demandó una condena de un año de cárcel para el autor de los hechos, pena que finalmente quedó en tres meses.

Estas situaciones, impensables hace tan solo unos pocos años, están irrumpiendo en España con fuerza, poco a poco pero sin pausa, fruto de un clamor popular cada vez más extendido que aborrece este tipo de conductas sádicas.

Vaya, supongo que lo que intento transmitir con todo esto es una idea que se podría resumir con una frase muy coreada últimamente: ¡el miedo tiene que cambiar de bando! Y quién sabe, tal vez algún día las leyes hagan el trabajo que de momento tendremos que seguir haciendo la ciudadanía, con sangre fría (si podemos), sin miedo.

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