A veces la políticageneraextraños compañeros de cama. Eso es algo bien sabido. En esta ocasión, la extraña pareja resultó ser el candidato a laCasaBlanca por elPartidoRepublicano Donald Trump y el Presidente de México Enrique Peña Nieto. Lo cierto es que,a pesarde lo extraño de la invitación, ambos se reunieron siguiendo unos claros objetivos personales y electorales.

El revuelo era enorme. Cabía de esperar.

La invitación de Peña Nieto a Donald Trump era como invitar el lobo al gallinero. Se trataba,ni más ni menos,detraera casa, ante la atenta mirada de los ciudadanosmexicanos,ala persona que leshabía ofendido en numerosas ocasiones desde que comenzara su andadura como candidato a las primarias republicanas. A lo largo de esta campaña, que está resultando ser muy largapara el aspirante republicano, ésteha llegado a afirmar que México no "envía" a sus mejores a través de la frontera, sino a violadores y narcotraficantes, además de enfermedades.Dicha afirmación, que constituye sólo unade las numerosas ofensas lanzadas a losmexicanos, leha llevado a lanzar dos de sus propuestas estrella y polémicas en campaña, como eslade deportar a 11 millones de indocumentados y construir un muro quesellelos más de 3000 kilómetros que separanambos países.

Apesar de todo, la política es un juego, y en este juego tanto Peña Nieto como Donald Trump veían un interés personal en encontrarse. Para Peña Nieto, se trataba de tomar un riesgo. En un momento en el que su popularidad está en caída libre, invitar a Donald Trump era una ocasión de pasar al ataque en defensa de los mexicanos, demostrando carácter y fuerza. Para el aspirante republicano, tras una campaña de ataque alos inmigrantesmexicanos- entre otras minorías - se trataba de dar una imagen presidencial y de concordia.

Trump no puede ganar las elecciones en Noviembre solo con elvoto delelectorado republicano, sino que tiene que empezar a dar pasos para atraeral voto de las minorías. ¿Qué mejor manera que visitando la casa de "el enemigo" y mostrar que se entiende con sus vecinos?

La jugada era arriesgada para Peña Nieto, que solo podía sacar algo en claro si se mostraba firme y al ataque, hablando como portavoz de todos losmexicanos al reprochar al candidato republicano todas sus ofensas y acusacionesencampaña.

Pero ese no fue el Peña Nieto con el que se encontró Donald Trump ni el pueblomexicano. Se vio unpresidente poco combativo, queincrementóla sensación de humillación del pueblomexicano. El éxito de la estrategia de Peña Nieto dependía de su agresividad con Trump intentando en la manera de lo posibleobteneruna disculpao rectificación, y de que se viera de manera clara, con todas las cámaras observando.

En el momento en el que no pasó al ataque, la invitación se había transformado en lo contrario, en una mala idea que solo empeoraba la ya mala imagen del presidente.

En el otro lado del tablero, es decir, por el lado de Trump,las cosas se vieron con un aire más positivo. Al fin y al cabo Trump había pasado el mal trago de ir a casa del enemigo, en lo que parecía una visita deestado de un presidente electo, nose le vio extremadamente incómodoy se había marchado sin haber tenido que relajar demasiado el tono ni pedir disculpas.

Para sellar de una manera definitiva la derrota de Peña Nieto, a las pocas horas del encuentro Trump se encontraba en Phoenix con sus seguidores a los quelevantó del asiento con un discurso más agresivo de lo habitual enelcual hablaba de las deportaciones y del muro.

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