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La aldea de Buscalan es el destino obligatorio para todos los amantes del #tatuaje y la aventura. Ser tatuado por la #anciana de 100 años es como tener un sello oficial de viajero en la piel. Pero no es fácil conseguirlo.

Tras doce horas en autobús desde Manila a través de la única carretera que se adentra en la provincia montañosa de Kalinga, cambiamos nuestro transporte por un jeep, que nos permite sortear el tortuoso camino entre montañas y campos de arroz. Los extranjeros nos amontonamos en la parte superior junto con nuestras ya polvorientas mochilas y contando cada bache en el camino.

El peregrinaje

La aldea, situada entre agrestes montañas, es inaccesible también para coches.

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Por lo que el tramo final del camino debe hacerse a pie, pegados a la pared de la montaña para no caer a un abismo de más de cien metros de altura.

Encontramos aldeanos en el camino que se ofrecen a llevar nuestras mochilas, así conocemos a Charlie, de baja estatura, fuerte y edad avanzada. Muchos locales que habitan en la aldea bajan a menudo a la carretera a por provisiones o tabaco, y de vuelta ayudan a los viajeros rezagados.

En Buscalan todos los habitantes se dedican al cultivo de arroz, aunque la zona también es conocida por el cultivo de marihuana, esta es meramente ritual. Tras el reconocimiento mundial de la anciana tatuadora, el turismo es ahora una gran fuente de ingresos para la humilde comunidad. Algunos de los aldeanos han abierto las puertas de sus casas a la marea de turistas que la aldea de no más de 100 habitantes recibe cada año.

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Siendo Charlie el primero en hacerlo, él es la figura más poderosa de la zona, nadie hace nada sin su permiso y consejo.

El proceso del tatuaje

Cada grupo debe contratar a uno de los guías locales, ellos son los encargados de distribuir los horarios en que los visitantes son tatuados. La jornada empieza a las 8 de la mañana, y previsiblemente se alarga. Una veintena personas son tatuadas antes de la comida.

Whang-Od, encorvada en el suelo de madera del porche de su casa, recibe a cada turista con sus herramientas tradicionales. Todo lo que utiliza para tatuar es natural y orgánico. La tinta es una mezcla de plantas de la región y hollín ¿Su máquina? dos moldeadas ramas de bambú, una de ellas sostiene la aguja de cinco centímetros, del mismo material, y con la otra golpea la aguja con fuerza.

A pesar de la edad, es una mujer solemne y fuerte. Su cabeza adornada por una diadema de cuentas sobre la melena gris no se levanta en todo el proceso. Sus brazos dejan al descubierto centenares de tatuajes difíciles de reconocer tras el paso del tiempo y las jornadas bajo el sol.

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Enrollada en su falda tradicional y sentada sobre sus pies mantiene el equilibrio y golpea con fuerza la piel de los visitantes.

Cada turista se sienta en una pequeña plataforma de madera, Whang-Od no habla inglés, tan sólo su lengua local. Completamente concentrada, realiza un pequeño tatuaje de unos siete centímetros en una hora. Su firma de tatuadora son tres puntos en vertical.

Al mismo tiempo y a escasos metros, la nieta de Whang-Od maneja sus propias herramientas de tatuaje con más delicadeza que su abuela, quien sin piedad perfora la piel de los turistas, pálidos y sudorosos durante todo el proceso.

Los kalinga consideran el tatuaje como una cuestión estética, aunque hay tatuajes tan sólo reservados para guerreros y sabios, suele estar relacionado con la belleza. Antes de que la fama de Whang-Od diese la vuelta al mundo, ella era una de las últimas tatuadoras de la región, ya que desde hace décadas la influencia católica ha acabado con buena parte de las tradiciones tribales. Ahora, sus nietos aprenden de ella la tradición, honrando el legado histórico de los kalinga.

Quedarse varios días en la aldea merece la pena. Rodeados de campos de arroz y altas montañas, sin cobertura y electricidad escasa. Tenemos la oportunidad de conocer multitud de historias, como la del anciano de 102 años Bay-Dong, quien luchó en la segunda guerra mundial contra los japoneses. Encorvado pero fuerte, desdentado, de sonrisa amable y ojos vivos. Nos habla de paz y pide que su mensaje llegue a todos "paz en casa, paz en el mundo".

Al ponerse el sol en Buscalan no hay mucho que hacer más que buscar conversación a la luz de la lumbre. Una pareja local ofrece tabaco de mascar, en el norte de Filipinas enrollan el jugo de la planta de tabaco con las mismas hojas. Al masticarlo varias veces el líquido tiñe toda la boca de un rojo intenso. Con nosotros comparte el tabaco un nativo americano, vive en la aldea desde hace dos semanas para acabar un tatuaje que le cubrirá todo el brazo. A su lado un joven israelí lleva también varias semanas viviendo en la aldea. Al igual que el matrimonio canadiense allí presente, se habían quedado para ayudar a Charlie, nuestro anfitrión.

Pasados unos minutos, el sonido de música en una casa cercana nos alerta. Proviene de la residencia de Whang-Od, Charlie nos explica que esa noche decenas de personas acudirán a celebrar el cumpleaños de la anciana. En esos días Whang-Od cumplía 100 años.

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