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Desde el primer momento en que mis pies comenzaron a caminar por la ciudad de Marrakech sentí esa sensación que te invade todo el cuerpo cuando te conviertes en espectador de lo desconocido, lo nuevo y lo misterioso.

La ruta hasta Merzouga y el desierto

Junto con otras dos colegas y un minibús repleto de turistas, iniciamos la ruta por Marruecos llamada de las Kasbah. Esta recorre el camino pasando por Ouarzazate, las Gargantas del Dades, para finalizar en Merzouga, uno de los pueblecitos de aquella zona. Durante todo el camino se alternaban las ciudades amuralladas de adobe, todas ellas de época medieval. El alma de aquellas ciudades vivas después de tantos años, me trasmitía sentimientos contradictorios, pues la vida de las familias que allí residen, son vidas humildes pero llenas de valor, allí lo más importante es el hoy, el ahora.

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Durante todo el recorrido nos informaban sobre la #Cultura y la vida de los imazighen, lo que nosotros conocemos por los romanos como “Bereberes”, pero muy lejos de ser “bárbaros”, esta etnia es la cultura es la de los correctamente llamados “hombres libres” (Balta 1984, Boukous 1994, Tilmatine 1995). Acabado nuestro camino, llegamos a un complejo hotelero para descargar mochilas y cargar con lo justo y necesario para pasar una noche en el desierto y subir la gran duna Erg Chebbi. Allí, en la puerta del complejo, nos esperaban numerosos jóvenes vestidos con chilaba y turbante. Cada uno de los chicos iba acompañado por una fila de dromedarios listos para darnos un precioso paseo por el desierto. Allí, parado en la última fila de dromedarios y gritando "¡aquí, podéis montaros aquí!" conocí a Mohamed, apodado “Chbaban”, #Amazigh y guía turístico.

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Mientras caminábamos por el desierto, observaba a Mohamed y a sus colegas. Observaba la relación tan estrecha que tienen con aquella naturaleza tan dura y extrema, pero a la vez tan valorada por ellos. Cuando la noche se iba acercando y el sol se refugiaba en las dunas, llegamos a una jaima donde cenamos, bebimos té y disfrutamos de un concierto de música tradicional amazigh. Esta música, anterior a la cultura árabe, se compone por timbales, unas castañuelas de hierro procedente de los esclavos africanos y un canto que estremece el alma, como si el desierto hablara al ritmo de la percusión.

El grupo lo componían nuestro guía, Mohamed junto sus colegas Mohamed el “Rojo”, Ibrahim, Hassan, Omar, Youssef, Said, Salem, Barak, Ismael, Zaid, Assou, Ahmed, Mostafa y Rachid. Después del concierto, nos acompañaron hasta la cima de la gran duna, así que no perdí la oportunidad de interesarme por todo lo que rodeaba sus vidas. En ese momento me enamoré de #marruecos y me enamoré del desierto.

Mohamed, el "Chbaban" guía turístico y amazigh

Me contaba Mohamed cómo era su cultura, la cultura de los hombres libres, me decía que ser parte del desierto nunca había sido fácil, pero que le enseñaba a ser una persona más fuerte día a día y que todo lo que se vive, bueno o malo, fortalece el alma, el interior.

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Mohamed retrababa su vida como un tesoro, con sus fallos, pero un regalo al fin y al cabo: “La gente no tiene nada, la gente se ayuda entre ella, la gente comparte lo que tiene y eso pone mucha diferencia entre la vida de aquí y la vida en otros lugares. La vida del desierto me hace sentir feliz porque no tengo ni estrés ni nada y siempre estoy contento y con una sonrisa grande todos los días.

A los 10 años dejé de estudiar, aunque realmente desde nunca estudie mucha cosa, porque estoy en un mundo donde sientes que la escuela no es algo importante y siempre quieres ser libre y salir para estudiar en la escuela de la vida y aprender por ti mismo.

Comencé después a trabajar, llevando los dromedarios para hacer paseos en las dunas de Merzouga para los turistas y la vida me ayudo a ser abierto y aprender cada día algo nuevo. Al principio iba acompañando a los amigos que tenían más experiencia y poco a poco, cuando ya confiaba en mí mismo pude aprender a ser guía turístico. Me gusta este trabajo porque siempre me hace aprender mucho y lo hago con mis amigos, nos conocemos desde niños y cada uno entiende al otro, así siempre nos ayudamos entre nosotros. Junto a mis amigos, Ibrahim, Hamid, Hassan…, creamos un mundo feliz, un mundo sin cosas materiales y simplemente disfrutar de cada instante aunque sea con una sonrisa sin razón”.

Y es que una cosa es cierta, el valor que le dan a cada amanecer, a cada momento y a cada pellizco de suerte, me caló en lo más profundo de mi corazón. Hoy puedo decir, que Marruecos será uno de mis destinos preferidos y que los amazigh del desierto ocupan ahora una gran parte de mi corazón.