El ombligo del mundo existe, y no es Londres, ni París, ni Madrid. Ni tan siquiera Nueva York, con sus rascacielos infinitos y su Quinta Avenida repleta de turistas que buscan un Starbucks donde conectarse para mostrar a sus seguidores el buen rato que están pasando en la ciudad que nunca duerme. No. El centro de nuestro planeta es un lugar en el que resulta sorprendentemente sencillo diferenciar a un lugareño de un visitante: basta con ver si lleva una botella de agua en la mano. Sin ella, el excursionista tendrá problemas para andar por la ciudad, perderse por sus bohemias calles, descubrir sus joyas arquitectónicas y sumergirse en lo que los incas llamaban el ombligo del mundo.

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A 3.400 metros sobre el mar, #cusco fue el centro político y territorial del Imperio Incaico. La ciudadela de Machu Picchu, una de las siete maravillas mundiales, lidera la lista de ruinas arquitectónicas más conocidas del lugar, pero no es la única. Puca Pucara, Ollantaytambo y Tambomachay, entre otras, no se quedan atrás.

Parada obligatoria para mochileros

La ciudad de Cusco es uno de los lugares idóneos que todo mochilero debiera visitar. A pesar de no ser la capital del Perú, puesto que ocupa Lima, el departamento inca por excelencia ofrece una perspectiva muy distinta a cualquier lugar europeo, incluso a las grandes ciudades de América del Sur. El centro difiere mucho de los alrededores, por lo que resulta extraño encontrarse con cusqueños paseando por la plaza de Armas, el centro de la ciudad, o por el gran mercado de San Pedro.

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Estos sitios emblemáticos dan la posibilidad de conocer la gastronomía peruana. Pero sobre todo, ofrecen la opción de charlar con cusqueños que se acercan allí a trabajar. Desde muy pequeñitos, muchos lugareños venden llaveros, comida o refrescos en los mercadillos más concurridos del departamento "para ganarnos la vida". Desde los típicos jerseys de lana de alpaca hasta collares de serpentina, la típica piedra de Machu Picchu.

Decenas de personas intercambian palabras en quechua mientras bajan desde sus pequeñas casas en la sierra peruana. Tienen una misión clara: ofrecer sus obras a los viajeros llegados de todas partes del mundo. Así, lograrán sobrevivir al frío invierno de Cusco, cuando aprovechan para trabajar con el pelaje de sus alpacas, ese que tan conocido se ha hecho por todo el planeta. Y es que, a fin de cuentas, el ombligo del mundo atrapa. Solo hace falta conocerlo. #Viajes #Perú