Estar retenido tras los muros de la antigua embajada de EEUU en Teherán por haber sacado fotos a su fachada no es la situación más tranquilizadora que puedes afrontar en suelo iraní. Afortunadamente, como expliqué en la primera parte de este artículo, existe un abismo generacional en este país. El suspicaz guardián de la revolución, de la que yo era atroz amenaza, abandonó el despacho dejando el interrogatorio a un joven soldado que se lo pasó pipa revisando mi cámara de fotos, donde encontró imágenes de una reciente barbacoa donde chicos y chicas no vestían precisamente el #chador. Así que, después de varias bromas y el aviso de no retratar más el edificio, me dejaron marchar.

Anuncios
Anuncios

Y es que el fanatismo religioso en un país con andamios de nación moderna no puede provocar más que controversia. Paradigma de esta contradicción que forma parte de la esencia del país es el hecho de que la homosexualidad sea cruelmente perseguida, el expresidente Ahmadineyad llegó a afirmar en la Universidad neoyorquina de Columbia que en Irán no había homosexuales, mientras la transexualidad es irónicamente apoyada. Esta esquizofrenia moral sería cómica si no tuviera como consecuencia el sufrimiento de miles de personas por su identidad sexual en la República Islámica. En cualquier caso la élite de clérigos que gobiernan el país en la ortodoxia chiíta, acota y dirige la vida de sus súbditos en casi cualquier plano, llegando incluso al patético intento de castigar a las mujeres solteras y sin hijos.

Anuncios

Antes de salir a conocer el resto de #Irán y sus tesoros, los días en Teherán transcurrieron entre el calor y la sorpresa. Porque asombroso fue comprobar cómo caían muchos de los mitos, no todos, que desde Occidente nos creamos de lo desconocido. Los 5671 metros del volcán Damavand encuadran al norte una urbe sitiada al sur por el desierto de Kavir que no por tan duro marco geográfico deja de ser una ciudad moderna, rica, ordenada. El tráfico es denso como en cualquier megalópolis, pero no caótico ni una sinfonía de bocinas como en las ciudades árabes. Potentes aires acondicionados refrescan cualquier estancia. Los coches son modernos, nada de carracas renqueantes y mucho menos animales de carga. El metro es todo una infraestructura armónica, donde valores tan modernos como la puntualidad, la limpieza y el orden desentonan con otros más grotescos como la señalización de vagones 'women only'. La simpatía de todo aquel que se cruza en tu camino es marca de la casa y el inglés solvente, habitual entre los más jóvenes.

Anuncios

Parecería una ciudad cualquiera de Europa sino fuera por el despliegue proselitista ante el que se desarrolla la vida cotidiana de los teheraníes: la propaganda antioccidental empapela avenidas y fuentes, tratando de atizar la ira en las gentes. La inquina al sha, títere de Occidente que gobernó y saqueó el país antes de la revolución de 1979, inspira museos y murales, asegurando el relato conveniente de la historia. El culto a la personalidad de los líderes religiosos preside, como centinelas de la pureza, plazas y mezquitas. La cartelería alegórica de los héroes de la guerra contra #Irak, en la que Irán puso los muertos pero quizá también la victoria, decora farolas y carteles. Las banderas nacionales, flameadas por el cálido viento del desierto, azuzan el patriotismo como herramienta de cohesión. Esa bandera roja, blanca y verde,  muestra de la simbiosis entre patria y religión, contiene el nombre de Alá y por esa razón nunca se ondea a media asta, ni en señal de duelo, por el agravio al profeta que supondría.

Así, Teherán se convierte ante mis ojos en un inmenso escaparate de la historiografía reciente de Irán. La que ellos quieren exhibir, claro. Continuará. #Alá