Si solo buscas sol y playas no vayas a Madeira. Esta isla volcánica portuguesa es pura naturaleza e intensamente verde. Tan pronto sale el sol como llueve con furia, pero siempre manteniendo una temperatura que ronda los 20 grados. No es fácil que encuentres en el mundo un paisaje tan espectacular, con docenas de cascadas que se precipitan en el vacío desde acantilados de más de mil metros, a través de una sucesión de terrazas cultivadas desde hace siglos. Crecen plátanos, papayas, chirimoyas o mangos, pero también vides y naranjos. La población se concentra en Funchal, la capital, pero hasta en los lugares más insospechados hay siempre un grupo de casas blancas con techos de tejas rojas colgadas de un precipicio.

El Parque Natural de Madeira ocupa dos terceras partes de la isla, transformado en un paraíso para los senderistas, gracias al aprovechamiento del complejo sistema de canales de agua que recorre todo el territorio para abastecer hasta la última de las terrazas cultivadas. Se los conoce como levadas y permiten llegar a los lugares más recónditos a través de frondosos bosques y precipicios.

Si no piensas recorrer la isla alójate en Funchal, ciudad cuyo casco histórico se concentra alrededor del puerto pero que se extiende hasta cerca de los mil metros de altitud por las laderas montañosas. Aquí verás fuertes de la época de Felipe II, palacios y grandes iglesias de piedra negra de origen volcánico pero pintadas de blanco. En sus interiores, como en los museos, te sorprenderá hallar valiosos cuadros flamencos que los nativos consiguieron a cambio de azúcar y otros productos tropicales en los siglos XVI y XVII.

Es una ciudad para pasear a través de sus numerosas calles peatonales siempre cubiertas de los típicos mosaicos portugueses y donde no faltan cafés ni tiendas tradicionales o modernas. En Monte, llegando a través del teleférico, descubrirás otro mundo lleno de palacetes y jardines tropicales donde se refugiaron muchos de los ricos y famosos del XIX, incluyendo la emperatriz Sissi.

En Madeira prácticamente no encontrarás ninguna playa pero sí podrás ver algunos de los acantilados más impresionantes, algo que podrás hacer apuntándote a alguno de los numerosos minicruceros que salen cada día. Antes de decidirte por uno en particular, vale la pena que te acerques al muelle al atardecer. Puedes elegir entre acercarte a Cabo Girao, uno de los acantilados más altos del mundo, dar una vuelta por la costa sur en busca de delfines o visitar las Islas Desertas, un pequeño archipiélago protegido, ya que alberga una importante colonia de lobos de mar. #Unión Europea #Calidad de vida