Silent Hill son las dos palabras que forman uno de los títulos de terror más logrados tanto del mundo del cine como de los videojuegos. Ahora bien, probablemente pecaría de fantasioso, si os dijera que en algún lugar de este planeta Tierra, existe un pueblo muy similar, por no decir idéntico al que hemos podido disfrutar ante la pantalla. No, no me estoy volviendo loco, nuestro próximo destino turístico de este tren hacia lo insólito, lleva por nombre Centralia, el Silent Hill de la vida real.

Para conocer la historia de este pequeño pueblo de Pensilvania, y sobre todo para entender las razones del porque se le conoce como el Silent Hill de la vida real, hemos de situarnos en el año 1962.

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Hasta esa fecha, Centralia era un pueblo totalmente normal, el panadero abría su negocio de buena mañana dejando escapar el aroma del pan recién horneado, el repartidor de periódicos lanzaba con energía el rollo de papel contra las puertas de las casas y los más deportistas, no dudaban en correr unos cuantos kilómetros al poco de empezar un nuevo día.

Siempre se ha dicho que el destino es muy caprichoso, y sin duda con Centralia lo fue y mucho. Pues en ese año, 1962, lo que parecía ser un pequeño incendio en el basurero del pueblo, se convirtió en pocos minutos en un reflejo del mismísimo infierno. Las llamas, habían alcanzado el subsuelo de la ciudad, lugar donde se encontraban infinidad de minas de carbón, que como es lógico, prendieron de inmediato. Durante mucho tiempo, se intentó fallidamente sofocar las llamas que seguían carbonizando bajo tierra, finalmente, todo el mundo se dio por vencido, el monóxido de carbono que tenía su origen en el subsuelo y salía a la superficie, había causado serios problemas de salud a los habitantes del pueblo, que contra su voluntad, abandonaron el pueblo.

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Centralia paso a ser una paraje muerto, un lugar donde el panadero, el repartidor de diarios y los que salen a correr al levantarse, son meros recuerdos, espejismos de lo que fue un pasado mejor.

53 años más tarde, las minas de carbón situadas a 1500 metros bajo tierra, siguen segregando el gas venenoso, que aun siendo mortal si se respira por un prolongado periodo de tiempo, no disuade a aquellos curiosos que movidos por una sobredosis de adrenalina, deciden adentrarse y explorar las ya olvidadas calles del pueblo. Si tú eres uno de esos aventureros, y algún día viajas a Pensilvania, no olvides que ahí, tienes un lugar que sin duda alguna, será de tu agrado. #Estados Unidos