Hoy, casi no amaneció. El día está oscuro y frío desde su comienzo. Es enero, se espera este tiempo, pero es chocante vivirlo en la casi siempre soleada Costa del Sol. Diría que cualquier otro lunes, no lo hubiese sentido como un insulto, pues siempre es bienvenida la escasa lluvia, aunque sea más bien un chirimiri que sólo ensucia los coches aparcados en la calle.  Pero los campos de golf que me rodean si parecen agradecerla, refulgiendo con vívidos verdes que resaltan entre las grises brumas de la tarde. Hoy, más que nunca, se siente un clima inglés, y también se llora a un artista inglés.

Hace sesenta y nueve años y tres días, entre la londinense niebla del barrio de Brixton, nació en la noche más fría, David Robert Jones.

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Alguien, que años más tarde, quizás se perdió en un laberinto, para dejar salir a Jared, el Rey de los Gobblings, a Starman, a Ziggy Stardust, a un alienígena de las estrellas, a Mister Lawrence,  para finalmente, crearse a sí mismo, como el inigualable e irrepetible David Bowie.

A muchos de nosotros, que pasamos del medio siglo, el Duque Blanco marcó nuestra adolescencia y nuestra juventud, y continuó evolucionando hacia nuestra madurez, al menos la que hemos podido alcanzar. El histriónico y ecléctico artista nos ha dejado, pero no sin antes haber acabado un último trabajo, un legado que nos deja a los que crecimos sintiéndonos tan rebeldes como él, pero que quizás nunca llegamos a transgredir la delgada línea del bien y el mal.

Ni tan siquiera la cercanía de la muerte, ni la cruda enfermedad contra la que batalló el último año y medio, y que finalmente se lo ha llevado, fue capaz de parar su torrente de creatividad, y en un esfuerzo que imagino titánico, nos ha regalado BlackStar, donde sus últimas palabras flotan entre la maestría de su #Música, su trabajo final.

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Su tema, Lázaro, vídeo que salió el mismo día de su cumpleaños, hace sólo tres días, se convierte así en su póstumo adiós. Desde una cama, con los ojos vendados, mientras parece levitar hacia otro lugar, quizás el cielo, sus palabras, premonitorias, nos cuentan de su próxima partida:

"Mira hacia aquí arriba, estoy en el cielo. Tengo cicatrices, que no se pueden ver" (Look up here, I´m in heaven/I´ve got scars, that can´t be seen)

Hoy, como en una irónica pirueta, el artista, renace como el ave Fénix, abandona su forma física, y se convierte desde hoy, y para la eternidad, en un verdadero Hombre de las Estrellas, y también, porque no, en Lázaro, pues no se hablará de su muerte, sino de ese último instante de su vida, en el que con tanta crudeza, y a la vez, elegancia, se despide de una envoltura, que quizás, en realidad, nunca fue la suya, y a partir de ahora, tomará la etérea consistencia de los viejos espíritus, y se instalará por siempre en el altar de los más venerados, que ya le precedieron.

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El hombre que vendió al mundo, y que nos hizo bailar, hace que las cenizas vuelvan a las cenizas, mientras seguimos esperando que haya vida en Marte.

¡Descansa en paz, Hombre de las Estrellas, tu estela seguirá brillando por siempre!

@Copyright Lola Orcha Soler 2.016

  #Cine #Conciertos