“No conozco a nadie que haya hincado la rodilla en el suelo para pedir matrimonio” me dice una amiga. “Es que el romanticismo no está de moda” respondo yo, “Confórmate con que te vas a casar”, culmino. Vale que mi amiga lleve ocho años con su pareja. Vale que sus canciones favoritas de Disney sean las románticas, esas que canta la idílica pareja. Que lleve pensando mucho tiempo, yo diría demasiado, en su vestido de boda. Que se crea todo lo que ve en las películas. Vale. Pero la realidad es otra.

La realidad es que ya un hombre no trepa por tu balcón con una rosa en la boca. Y es que nosotras, aunque muchos piensen lo contrario, tampoco queremos eso.

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Los chicos ya no están pendientes de dejarte pasar primero o abrirte la puerta del coche. Y ahora las chicas cuando no pueden abrir una conserva prefieren no molestar a su pareja y golpear la conserva una y otra vez en el suelo hasta que suene el clip. O hasta que reviente y se vierta. La realidad es que el espíritu del romanticismo, poco a poco, se está diluyendo.

Las relaciones de pareja, a medida que pasa el tiempo, se van transformando. Ahora estas relaciones se caracterizan por ser “rollos de una noche”, “relaciones a varios bandos” o simplemente “relaciones sexuales”. Del mismo modo, los problemas que siempre han existido dentro de la pareja, ahora tienen otras connotaciones. Si estamos frente a un affaire no necesariamente significa el fin de una relación, y si la relación se estanca lo más seguro es que antes de cortar de manera definitiva nos demos un tiempo.

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Un tiempo que sólo nos sirve para acostarnos con otros y percatarte de que tu pareja  no te atrae sexualmente. Y es que en esta época cada vez está más latente “la caducidad del amor. Somos conscientes de que ese estado de letargo enamoradizo tiene un límite de tiempo por lo que no nos asustamos cuando una relación se termina. No resulta el fin del mundo y más allá de ser motivo de vergüenza como ocurriese antaño, se convierte en un elemento común entre muchas personas.

Sin duda, los valores de las nuevas generaciones han influido en la concepción de esos nuevos modos de amor. El egocentrismo y el narcisismo cada vez más manifiestos en la “generación del like” nos conducen a la creación de una persona individual y egoísta, por lo que ese sacrificio que supone la base fundamental del amor, ha desaparecido. Sin sacrificio, estamos condenados a la soledad. Pero eso, más allá de incomodarnos, parece atraernos. Porque sin sacrificio no hay dolor y la eliminación del sufrimiento parece ser la primera y única regla de las nuevas generaciones.

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Como decía el protagonista de Al final de la escapada de Truffaut “cuando hablábamos, yo hablaba de mí y tú de ti. Mientras que tú debías haber hablado de mí y yo de ti” Ahora anteponemos la propia satisfacción personal a la de la pareja en su conjunto y eso termina pasando factura.

Lo que está claro es que el amor jamás pasará de moda, pero las reglas que nos conducen a él están en continua transformación. Y un día esa transformación nos condenará al camino de la soltería porque seguramente solo estemos enamorados de nosotros mismos. #Amor a prueba #Sexualidad