Recientemente he tenido ocasión de ver un reportaje en una conocida cadena privada, que nos muestra el hasta ahora casi desconocido mundo de los bebés “reborn”, muñecos fabricados en vinilo o silicona, tan parecidos a un bebé de carne y hueso que a primera vista pueden confundir a cualquiera. La presentadora se mete de lleno en un mundo rayano en lo surrealista, que va más allá del coleccionismo puro y duro, convirtiéndose auténtica actitud vital. Al margen de la opinión o el gusto de cada cual, lo que más impacta es cómo se puede llegar a "sustituir" de alguna manera la ternura, el tacto, el aroma, el llanto o la sonrisa de un bebé auténtico con uno de puro plástico.

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Es entendible que alguien no desee tener hijos, porque no se encuentre, porque no quiera asumir responsabilidades o simplemente porque no le apetece y punto. Pero de ahí a “jugar” a ser padres con un bebé derivado del petróleo va un mundo. Máxime teniendo en cuenta que hablamos de adultos. Es por eso que me llamó especialmente la atención uno de los casos que nos expuso el programa, el de una pareja que esperaba impaciente su nuevo "bebé", con el que queda claro lo egoístas y autocomplacientes que podemos llegar a ser. Era un "sí, yo quiero ser mamá, pero lo justito”. Vamos, sin responsabilidades reales, sin llantos nocturnos, ni paseos de madrugada a las urgencias del hospital, ni culitos irritados ni nada de esas cosas tan incómodas que conlleva una paternidad real.

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Como contrapunto, y a pesar del escaso interés de los protagonistas por asumir una responsabilidad de verdad, de las que duelen pero tienen sus compensaciones, el espectador pudo contemplar un armario lleno de ropa preciosa y montones de pares de zapatos, destinados a un simple muñeco. Sí, un simple muñeco, seamos realistas. De ahí no me apeo. Y desde ahí, mis genes se revolvieron, y emulando a la que me trajo al mundo, musité aquello de “¡Con el hambre que hay en el mundo!”. Y pensé que, probablemente, a menos de un kilómetro del domicilio de la susodicha pareja, es posible que haya un bebé de seis meses, o una niña de tres años, o un chaval de once, que sólo tienen ropa de quita y pon y un par de zapatos más que desgastados. Y que tienen que ir a un banco de alimentos a por lo más esencial, y aprovechar enseres y ropa usados cedidos por vecinos, amigos, familiares o alguna institución benéfica. Pero eso no importa, claro. Lo importante es tener siempre ropita estupenda en cantidades ingentes, suficiente para vestir una colección de estúpidos bebés de plástico.

Por lo que pude ver, esto de “adoptar” muñecos es una práctica bastante extendida, aunque de momento no parece tener visos de convertirse en una plaga excesivamente peligrosa, y quizá no pase de ser una #Moda pasajera. En cualquier caso, me invita a reflexionar sobre cómo la raza humana cada vez se centra más en su individualismo, sin tener especial interés ni por conservar la especie, ni por perpetuarla. Quizá sea el primer paso hacia la extinción del homo…¿sapiens?