El extremo grado de incivilización que muestra el primate humano tiene su expresión en el hambre de arena, de madera, y de selva que aún le consume. La competencia y la depredación que ejercemos sobre el resto de las especies nos asemejan a los lemmings árticos, que salen de sus madrigueras en una explosión demográfica veraniega para acabar con los pastos y luego morir en masa.

Hace decenas de milenios, los humanos fuimos nómadas. Desde que la humanidad dejó de deambular y se asentó, se ha hecho más compleja. ¿Hemos realmente dejado de ser nómadas? El paso del ser humano errabundo al estático se produjo de forma gradual. Si retornamos al estado nómada será por la fuerza. Y sin embargo, no atendemos al mensaje de las más variopintas enfermedades que evolucionan y se ceban en el seno de las comunidades que se establecen, o en aquellas nómadas que entran en contacto con grupos que llevan siglos o milenios de sedentarismo.

El desarrollo, que es por definición un proceso insostenible (siempre gastará más de lo que puede reponer), llevará a los humanos a un nuevo tiempo de nomadismo, y las causas serán puramente termoestadísticas. Cuando más cómodos creamos estar, cuando la naturaleza no pueda ya soportar el peso de nuestras posaderas planetarias llenas de autocomplacencia, en un sentido plenamente ecológico y trófico, la termodinámica, que no tiene sentimientos, nos sacudirá de la poltrona y nos pondrá de nuevo a caminar. Pero no sabemos muy bien hacia dónde. Es paradójico y de justicia poética que una sociedad de sedentarios esté concenada a vincularse a escala planetaria y que tal conectividad, tal movilidad estática, sea una ventaja para la diseminación de las enfermedades contagiosas víricas.

“Este continuo florecer de grupos y subgrupos con sus identidades híbridas, fluidas, mutables, (…), incesante diversificación, sólo es posible y pensable en el marco de la globalización capitalista”,escribe Slavoj Žižek en su obra “En defensa de la intolerancia”. La “incesante diversificación” de nuestra sociedad (seña de nuestro desarrollo imparable a costa de recursos extraídos de países a los que sólo van los voluntarios audaces) va unida a un sostenido diezmo de otra diversidad de identidades raciales, arrinconadas en lugares remotos del planeta, bruscamente descolonizados, desposeídos y empobrecidos.

En África, continente en el que se ceban al parecer las peores enfermedades “emergentes” o reemergentes de esta era “global” (el ébola, el sida –mera anécdota mediática en estos días de ébola-, el dengue, el cólera, la malaria…), en los países ribereños pobres del sur y este de Asia (la gripe aviar,... ¿quién se acuerda ya?), hay etnias arrinconadas. Pues bien, estas etnias arrinconadas son la salvaguarda de la diversidad biológica remanente. No está demostrado sin fisuras, pero se amontonan las evidencias de que todo el perjuicio y merma que le ocasionamos a la biodiversidad del planeta (incluyendo la diversidad étnica humana) en lugares lejanos acaba por cobrarnos un débito exponencial. Lo que ahora estamos empezando a comprobar en esta parte del mundo global que creíamos protegida por las sacrosantas fronteras.