Tras mucho tiempo dedicados a estudiar el valor de los famosos antioxidantes en la dieta, son muchos los investigadores que se convencen de que no son tan importantes como ahorrar daños evitables a las células. El consumo excesivo de antioxidantes comerciales puede incluso volverse contraproducente, si lo que pretendemos es llegar a viejos, en primer lugar, y con buena salud, en segundo. Además del componente genético regulador del envejecimiento, que bioquímicos como Cynthia Kenyon (Universidad de California) han descubierto en gusanos nematodos, la salud celular en tiempo real depende en gran parte de la dieta y de los hábitos.

Los científicos han reunido pruebas de que un exceso de sustancias tenidas por antioxidantes en el organismo está asociado a una mayor incidencia de cáncer y otras enfermedades. Si bien es cierto que una pequeña cantidad de antioxidantes puede provenir de la dieta, lo verdaderamente eficaz es procurar no favorecer los mecanismos de oxidación de células y tejidos. ¿Cómo? Adoptando una alimentación adecuada, evitando consumos inadecuados e innecesarios. Para el nivel de actividad medio del conjunto de la población en una ciudad, el aporte de nutrientes no debería ser muy alto. De grandes cenas están las tumbas llenas, reza el popular refrán. También ilustra el caso el dicho come poco y cena temprano si quieres llegar a anciano. El mejor desecho es, en efecto, el que no se produce, y esta puede ser una traslación del ingenio del refranero al pragmatismo de la ingeniería metabólica. Es un precepto básico de la ingeniería de fabricación y del reciclaje, que parecemos olvidar en esta “sociedad de la saciedad” donde la oferta (de calorías, de grasas, de azúcar refinado, de edulcorantes…) supera con mucho a la demanda (requerimientos básicos de energía y materiales de construcción y reparación del cuerpo humano cuando la actividad física es prácticamente nula).

Un profesor de química orgánica enseña a sus alumnos en prácticas a usar con tino frascos, redomas y vasos de precipitados, graduando el tamaño del recipiente al volumen de los reactivos y a la inversa, para no desperdiciar una gota, ni un gramo, ni tener que “cacharrear” más de lo estrictamente necesario. ¿Para qué usar más de lo que necesita? El principal problema de la dieta en la sociedad occidental es el exceso, vinculado a un déficit de actividad física. De hecho, la mayor parte de la humanidad se alimenta siempre de forma extremada: cuando no consume más de lo que debe se queda corta (aunque en estos casos no es ayuno voluntario sino hambre, con mayúsculas).

Los científicos del metabolismo y del envejecimiento prestan mucha atención a los antioxidantes como mecanismos de los agentes reparadores exógenos, es decir, que el organismo ha de conseguir a través del alimento. Pero ahora también empiezan a preguntarse cómo se protegen las células por sus propios medios, sin esperar ninguna sustancia del exterior. Esto es, desde averiguar cómo limpiar, se pasa a encontrar el modo de no ensuciar la célula, y por ende, los tejidos, los órganos y todo el cuerpo.

“El envejecimiento es malo”, “…es una degradación de la condición humana”, “…no es deseable”. Todas estas aseveraciones son desde luego discutibles desde una perspectiva ética y epistemológica. Pero lo cierto es que la especie humana lucha contra este fenómeno, poniendo mucha carne en el asador. Y valga el tropo cárnico, puesto que se ha sugerido, con apoyo en un gran cuerpo de evidencias, que una ingesta desequilibrada de proteína de origen animal y de grasa está asociada a una mayor tasa de oxidación celular por la liberación de radicales libres (también, por cierto, injustamente famosos). Así, por ejemplo, se ha augurado un gran futuro a las legumbres como fenomenales alternativas de la carne, lo cual, aunque tiene un fundamento científico, no pretende sugerir sino el consumo moderado de carne.

Aparte de no ensuciar la célula, y de procurarle una colaboración externa suficiente con agentes antioxidantes naturales, dieta equilibrada y ejercicio moderado que contribuye a la reducción del estrés, la salud y una vida larga pasan por no hacer trabajar a las células más de lo estrictamente imprescindible. Tanto como un trabajo pesado y oneroso conduce al agotamiento y a la degradación de los tejidos, el sobreesfuerzo metabólico hace que la célula se oxide y se degrade antes. Un aporte extralimitado de nutrientes, azúcares, lípidos, aminoácidos, conlleva la producción de radicales libres y la acumulación de grasa en el tejido adiposo, así como de desechos del metabolismo de las proteínas en el hígado y otros órganos. #Investigación científica