En una reciente revisión sistemática de estudios experimentales sobre el cigarrillo electrónico, en la revista Preventive Medicine, Charlotta Pisinger y Martin Døssing (Glostrup Hospital, Dinamarca) afirmaron que es difícil garantizar la seguridad de los dispositivos "vapeadores". A esta misma conclusión ha llegado un notable número de estudios independientes, en los que los autores, antes de ver su trabajo en prensa, han debido declarar que no mantienen conflictos de interés vinculados a su investigación.

De los artículos publicados en revistas científicas, los autores mencionados arriba hicieron una primera identificación de publicaciones sobre cigarrillo electrónico, de las cuales seleccionaron las que reportaran o trataran de probar por medios experimentales u observacionales posibles efectos, de cualquier signo, sobre la salud humana.

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En total, 76 estudios examinados; el resto trataban temas no directamente relativos a la salud o se encontraban duplicados en forma de comunicaciones a congresos, etc. Los autores de la revisión, en la serie de estudios verificados hasta este mismo año, han encontrado en la composición de los cigarrillos electrónicos partículas finas y ultrafinas, nitrosaminas carcinogénicas específicas del tabaco, metales dañinos, compuestos orgánicos volátiles, y han reportado además efectos citotóxicos (por ejemplo, de ciertos aromas) y alteraciones en la expresión génica. De la variedad de publicaciones inspeccionadas, algunas han llegado a conclusiones provisionales como que la toxicidad del cigarrillo electrónico es menor que la del convencional, o que la cantidad de nicotina en las principales marcas (en el Reino Unido) deparan bajo riesgo por toxicidad asociada a nicotina, que la exposición a formaldehído carcinogénico y los perfiles y número de partículas expelidas son similares entre el electrónico y el convencional.

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Uno de los aspectos reseñables de esta investigación es que, del total de publicaciones analizadas, en un 34% los autores mostraban conflictos de interés. Una mayoría estaban subvencionados por fabricantes de cigarrillos electrónicos o apoyados por empresas del ramo, mientras que algunos de los autores revisados habían trabajado, además, como consultores para fabricantes vinculados a la terapia medicinal para abandono del tabaco. Por otra parte, los autores advierten de una creciente toma de control de este producto por parte de algunas tabacaleras que ya lo han incorporado a su mercado.

Uno de los artículos no evaluados en esta amplia recensión fue el de los doctores Sarah Gillen y Daniel Saltzman (University of Minnesota Medical School), publicado en el Journal of Pediatric Surgery Case Reports (Revista de Estudios de Casos de Cirugía Pediátrica). Estos médicos mostraron sus sospechas (suscitadas a raíz de una entrevista a sus padres) de que la exposición prenatal continuada de un bebé de 1 día de edad al vapor del cigarrillo electrónico pudo ser la causa etiológica de una afección en el colon, distensión abdominal e insuficiencia respiratoria.

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La recuperación tras cirugía y tratamiento fue exitosa y el infante recuperó la progresión normal del desarrollo en los primeros meses.

Se descubrió luego que la madre había estado "consistentemente fumando un cigarrillo electrónico durante el embarazo -de 30 a 50 veces al día. Además, durante su tiempo de labores activas, fumó el cigarrillo electrónico aproximadamente 50-70 veces." En relación con la dosis, aducen los cirujanos, "el uso en este caso excedió con mucho los 5 minutos por día (como en las dosis típica), el efecto habría sido subsecuentemente amplificado. La resistencia pulmonar aumentada materna conllevaría menos oxígeno llegando al feto."

Resulta evidente, al margen de experiencias sanitarias puntuales que, si bien inquietantes, son difícilmente generalizables -por pertenecer a un ámbito sumamente especializado de la medicina- como la anterior, que la investigación sobre los cigarrillos electrónicos demanda todavía muchos esfuerzos independientes para probar sus efectos biológicos a cualquier plazo. Como dice Avrum Spira, experto en genómica y cáncer de pulmón de la Boston University para la revista Nature el pasado abril, "Pueden ser más seguros [que el tabaco], pero nuestros estudios preliminares sugieren que [los cigarrillos electrónicos] pueden no ser benignos". No en balde, estos científicos descubrieron pautas de expresión génica similares en células pulmonares humanas expuestas a humo de tabaco y de e-cig.

Todavía se percibe mucha confusión en los usuarios, una gran falta o sesgo en la información acerca de la composición, y un mercado "alternativo" carente de controles que debería ser regulado, proceso que acometerá al parecer la UE en 2016. Como en esta década el electrónico, el cigarrillo convencional fue una moda en eclosión en los años 40 y 50 del s. XX, cuando todavía no había consciencia de sus efectos en la salud, porque no había transcurrido el tiempo suficiente para que su influencia se notara a una escala poblacional. Dada la controversia existente y puesto que hay no pocas voces que se han pronunciado desde muchos ámbitos a favor de las potenciales ventajas del e-cig para los fumadores tradicionales, así como otras muchas advierten de sus peligros reales, la regulación y la definición sobre este producto se tornan perentorias. #Investigación científica