Nuestro mundo tecnificado ha dejado de observar al cielo, y esto provoca un total desconocimiento de los fenómenos llamados meteoros que en el suceden. Es normal que hoy la gente se sorprenda simplemente por fenómenos meteorológicos no corrientes pero si frecuentes; y en este sentido si el fenómeno está ligado a la astronomía la alarma es considerable. La ignorancia de épocas pasadas daba a fenómenos como los cometas o los meteoros (meteorito es si llega al suelo, algo que no sucede normalmente) un poder premonitorio, pero eso no significaba que fueran algo excepcional en la vida de alguien, simplemente se desconocía que era y en consecuencia se le temía

Hoy nos sorprendemos de estas estrellas fugaces (los meteoros) porque nuestro cielo está escondido por la contaminación tanto del aire como luminosa, es prácticamente imposible que veamos nada de lo que pasa por encima de nuestras cabezas. Pero hay un tipo de estrella fugaz que no pasa desapercibida por nadie: el Bólido. Un Bólido es una estrella fugaz que recorre una gran distancia y muy brillante (puede llegar a iluminar la noche incluso en Luna Llena) que va acompañada de estruendo (por eso a los vehículos de competición se les acabó denominado igual que a ellos). Estos bólidos son también muy frecuentes aunque no nos lo parezca

Caen anualmente varias toneladas de material proveniente del espacio. La mayor parte son los llamados Micro Meteoritos que se incorporan al polvo después de fusiones parciales. Después hay los que tienen un tamaño de hasta una piedra de las que podemos encontrar en un rio; estos dependerá de la velocidad y su constitución que puedan llegar al suelo; contrariamente a lo que podamos pensar los más lentos son los peligrosos, porque no se calientan lo suficiente para fundirse y su velocidad límite, aunque subsónica, permite atravesar coches como mantequilla; afortunadamente es poco probable que alcancen a alguien conociéndose dos casos de muerte en toda la historia. 

Pero cuando las piedras superan el tamaño de un balón ya podríamos hablar de bólidos. Cuando son tan grandes ya no llegan al suelo. Los cráteres se deben a objetos muy grandes, a partir de un estadio entero. Cuando su tamaño oscila entre un balón y un estadio se desintegran con la entrada en la atmósfera. Podríamos pensar que no son peligrosos pero no es del todo cierto. La mayoría son como los dos que hemos tenido esta semana, que se convierten en polvo tras fundirse, o si su destrucción ha generado pequeños meteoritos estos han ido a parar en zonas no habitadas. Así un peligro son estos meteoritos secundarios, pero hay uno de mayor, cuanto más grande mayor es la violencia de la desintegración llegando a explosiones del orden de las termonucleares

El último y más conocido de estas explosiones es el que sucedió en Tunguska (Siberia, 1908). Allí un bólido exploto a ocho kilómetros de altura con una energía equivalente a 30 Megatones (30 millones de toneladas de TNT) arrasando 2.145 Km2 (extensión de Vizcaya), con una onda de choque que registraron todos los sismógrafos del mundo. Este estallido lo produjo un objeto que no llegaba a los 100 metros de diámetro. Durante una semana después del suceso se produjo lo que se llamó “noches blancas” donde se podía leer en la calle a plena noche sin luz alguna o incluso se podían hacer fotos de exposición baja. 

La mayor parte de meteoritos que se encuentran en el suelo proceden de la desintegración de meteoros más grandes. Aunque también los hay que son de rebote de impactos directos que han elevado, junto a otras piedras, parte del meteorito que se ha encontrado a veces a centenares de kilómetros del impacto. Pero esto no nos ha de parecer tan extraordinario, todo el planeta que vivimos es fruto de la agregación de objetos que orbitaban el Sol primigenio.  

La actual proliferación de bólidos de estos últimos años es sólo aparente. Aunque hoy la gente normal ignora el cielo, algo que no pasaba hace un siglo, la verdad es que somos 10 veces más de gente a oír y mirar; por otra parte hoy disponemos de todo tipo de ojos electrónicos que registran todo lo que pasa, más unos medios de comunicación que necesitan noticias que puedan atraer espectadores. 

Aunque el peligro proveniente del espacio es real, la proliferación de estos fenómenos no nos indica una mayor predisposición a que haya. Aun así fenómenos como el de Tunguska suceden con una periodicidad de 100 años, y en consecuencia es de esperar que pronto acabe sucediendo uno. Pero esto no nos ha de alarmar excesivamente, por suerte los humanos ocupamos menos de la sexta parte de la superficie del planeta, y la probabilidad que vaya a suceder en la zona donde uno vive es muy remota; aunque esta es superior a morir de accidente de avión y hay gente que tiene pánico a cogerlos.