La física newtoniana ejerció un reinado de más de doscientos años. A lo largo de dos largos siglos, las leyes propuestas por el gran científico inglés, y las deducciones que ellas implicaban, conformaron un cuerpo de conocimiento modélico, un espejo en el que todas las ciencias pretendían mirarse, un estándar de rigor y de buen proceder científico, que constituyó, durante largo tiempo, la unidad de medida con la que todas las ciencias eran, en cuanto a su método, evaluadas. Tal el prestigio de dicho método, que llevó a Augusto Comte a reclamarlo como adecuado para las ciencias sociales (un error de consecuencias nefastas, que se haría evidente, años después, a partir de Ludwig Von Mises y su desarrollo de la praxeología). Todos querían ser newtonianos a la hora de pensar en el método de la ciencia.

Pero la física de Newton tenía los días contados. Los primeros años del Siglo XX fueron testigos de una de las mayores revoluciones científicas de la historia: los principios cuasi sagrados y de apariencia eterna, que fundaban la física, se desintegraban como castillos de arena, ante el embate despiadado de una ola gigantesca: las teorías de la relatividad propuestas por Albert Einstein. El mundo de la ciencia, contemplaba consternado y perplejo, como su producto más venerado, quedaba relegado a la categoría de error. Newton, y con él toda la comunidad científica, habían estado equivocados.
¿Equivocados?


Las condiciones de vida del Hombre nunca fueron tan seguras, tan poco vulnerables a los avatares del entorno, como lo son actualmente para el hombre occidental.

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Contingencias como una sequía, o el surgimiento de una epidemia, ya no tienen la consecuencia catastrófica de otrora: la muerte de miles. El Hombre ha conseguido someter a la naturaleza como nunca antes; no completamente, pero en términos relativos, de forma ni siquiera imaginada unos pocos siglos atrás. Hemos llegado a donde nunca antes hubiésemos soñado; no queda lugar en el mundo, que el Hombre no haya conquistado, ni cumbre de montaña, ni polos, ni selva impenetrable, ni fosa en el océano, que haya resistido al impulso conquistador del ser humano. Incluso el espacio exterior está dejando, poco a poco, de permanecer inconqistable. Hoy sacamos provecho, como nunca en la historia, de los recursos naturales. Desde el petróleo al uranio, desde el granito a los antibióticos, la naturaleza se somete a las necesidades humanas; es en este sentido que el ser humano, es un incansable conquistador.

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Y esa conquista constante, esa conquista tan irrefrenable como esforzada, tiene como norte una única meta: hacer la vida de los hombres más segura y confortable.

¿Cuál es el factor detrás de esos logros? ¿Mediante qué herramienta ha conseguido la Humanidad esa admirable hazaña? La respuesta a esas preguntas se resume en un único concepto: la Razón.

De entre toda la existencia, solamente el hombre posee la facultad de la Razón, la facultad de elaborar un conocimiento de la realidad basado en la elaboración de conceptos y en una cuidadosa integración de los mismos, integración que para ser de utilidad a la hora de cumplir su cometido -eso es, a la hora de servir como herramienta de transformación de la realidad y por lo tanto, herramienta de supervivencia- necesita cumplir con una condición inexorable, necesita imperiosamente evitar la contradicción. Racional, es el conocimiento integrado sin contradicciones, nada más que eso, pero sobre todo, nada menos. Esa es la tarea del pensamiento, de la filosofía y de todas y cada una de sus ramas: de la metafísica, de la epistemología, de la ética y de la política y por supuesto, esa es también la tarea de la ciencia.

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Volviendo ahora a la pregunta formulada anteriormente: ¿Estaba Newton equivocado?

No, por supuesto que no. Newton no estaba equivocado, si entendemos por estarlo a la única forma posible de estar equivocado el Hombre: a integrar conocimiento de manera contradictoria (y estoy abusando acá del lenguaje porque conocimiento contradictorio es por definición lo opuesto a conocimiento integrado). Los postulados de Newton no se contradecian con el resto del conocimiento establecido hasta el momento. Él afirmaba la verdad, la única verdad posible, la verdad que evita la contradicción.



Conocimiento vivo


El Hombre no es una criatura omnisciente. Esa clase de criatura ni siquiera existe y el concepto mismo de omnisciencia es un concepto irreal. El Hombre percibe la realidad a través de sus sentidos y con esos datos elabora conceptos, que luego integra de manera no contradictoria, para formar con ellos un todo coherente, cada vez más complejo y abarcativo: el conocimiento humano. Es ese un camino largo, un camino con más de diez mil años de duración, a largo del cual, cada nuevo dato, cada nuevo concepto, cada teoría, debe ser integrada sin contradicciones con la totalidad del conocimiento existente, reformulándolo cuando es necesario, para integrar lo nuevo de manera coherente.

El conocimiento no es inmutable. El conocimiento actual se verá aumentado y seguramente, en algunos aspectos, reformulado; parte del conocimiento presente será reemplazado por uno nuevo, más adecuado a la realidad, que a su vez podrá ser sustituido, una o mil veces, por uno mejor; como una esfera que se expande, conteniendo en cada paso una porción mayor de la realidad.


¿Y por qué importa todo esto?


Esta característica del conocimiento, la de renovarse y ampliarse en una perpetua expansión, es aprovechada por algunos embusteros, por algunos mercaderes del engaño, para intentar colar sus mentiras, disfrazàndolas de nuevas verdades que pretenden, ya sustituir al actual conocimiento, ya expandirlo con nuevos y revelados postulados.

Tal es el caso de los místicos, de los sanadores, de los adivinos, de quienes practican las llamadas medicinas alternativas, de los santones y, en un grado de malignaidad supremo, de algunos "científicos" sociales.

Ellos se olvidan de la realidad, pretenden que ésta se someta a los caprichos de su conciencia, hacen de lo arbitrario un culto y conviven promiscuamente con la contradicción. Desprecian la más vital de las necesidades humanas: conocer la realidad para poder actuar, para poder sobrevivir. Desde la agricultura hasta la conquista del espacio requieren para su éxito obedecer un mandato ineludible: reconocer la supremacía de lo real sobre la conciencia, la única forma conocer es conocer la realidad.

Esa clase de anticonocimiento, la que ellos promocionan, en lugar de revelarnos la realidad, echa una venda sobre nuestros ojos para hacernos ciegos a ella, es un veneno intelectual del que muy bien debemos precavernos. Estas mentiras, en lugar de hacernos menos vulnerables a los avatares del mundo, consiguen precisamente lo contrario, despojando al Hombre de su única arma contra el entorno hostil, negándole la Razón, le dejan expuesto a la incapacidad para actuar, le dejan, en otras palabras, expuesto a la muerte.