El Gobierno central ya ha dado luz verde a las prospecciones de petróleo en los aproximadamente 6000 kilómetros cuadrados de océano que inicialmente fueron propuestos para los sondeos (9 permisos de investigación de hidrocarburos en otros tantos sectores o bloques, numerados por orden creciente de sur a norte: C1-C9). Hablamos del canal comprendido entre las #Islas Canarias orientales de Fuerteventura y Lanzarote, y la costa noroccidental de África: las aguas próximas a dichas islas (a unos 10 km de la costa).


Uno de los apartados a considerar de entre los múltiples impactos ambientales de las actividades de explotación petrolífera, desde los sondeos a la extracción, transporte, almacenamiento y uso (el ciclo de vida completo del recurso natural no renovable), es el de los efectos sobre la fauna. Cuando se habla de información pública sobre los sondeos exploratorios y de la explotación futura, este epígrafe de las afecciones a la fauna debería vestirse de una trascendencia mucho mayor que la que le conceden los propios organismos anunciantes, los gobiernos promotores, las corporaciones y los medios de comunicación. De otro modo no sabremos qué estamos ganando y perdiendo en realidad con las prospecciones petrolíferas.


Poca o ninguna información se ha dado por parte de las empresas responsables de la explotación a este respecto, ni los gobiernos han encargado suficientes estudios (o bien no los han difundido) encaminados a valorar las riquezas biológicas de la zona afectada y cómo tal diversidad se verá alterada.


Sin embargo, sí existen -aunque son poco conocidos por el público en general- informes y datos sobre dichos valores biológicos, las posibles pérdidas de biodiversidad y daños previsibles a los ecosistemas. Han sido elaborados por personas y entidades preocupadas por la incidencia de estas actividades sobre #Animales tan emblemáticos como los cetáceos (ballenas y delfines), otros mamíferos marinos (foca monje, sin ir más lejos, con poblaciones amenazadas o ya extintas de sus colonias ancestrales de cría -caso del Islote de Lobos en Fuerteventura-, las tortugas marinas, las aves pelágicas y costeras, y un largo etcétera).


Incluso los invertebrados marinos salen mal parados de esta cuenta de los potenciales impactos, pues son aún menos conocidos por los no especializados. Y no sólo hablamos de animales poco vistosos o sésiles (pegados al fondo marino), sino de grandes organismos como los calamares gigantes. Y sin embargo, aunque en los informes de la parte promotora de la actividad ni se mencionen, e incluso se diga que los fondos son un auténtico erial, esos organismos existen y representan un importante papel en la integridad del medio marino.


Los impactos previsibles sobre la biota marina no se ciñen a los vertidos accidentales, algo improbable pero ya sabemos que posible, con sólo echar mano de la hemeroteca. Los impactos acústicos por ruidos impulsivos y las vibraciones son especialmente importantes en el medio marino. Desde las campañas sísmicas a las ecosondas de navegación de media o baja frecuencia, tenemos miríadas de aparatos emisores y receptores de ondas modificando el espacio acústico submarino de forma tan significativa que en algunos sectores puede hacerse inhabitable para sus moradores legítimos.


Además, el incremento en el tráfico marítimo debido a las acciones de prospección se asocia con aumento de colisiones entre barcos y la gran fauna oceánica (ballenas, delfines, focas, tortugas).


La prospección sísmica es una herramienta hidroacústica de sondeo para cartografiar el lecho oceánico y localizar los estratos que almacenan hidrocarburos. Desde el buque se tiende por la popa una línea de hasta 10 km de longitud formada por receptores (hidrófonos) que reciben los reflejos de las ondas de presión emitidas desde un cañón sónico largado desde el barco.


Las explosiones del cañón emiten ondas de presión que se propagan en todas direcciones. La presión de onda puede alcanzar unos 250 decibelios (dB). Para que nos hagamos una idea de cómo esta contaminación acústica puede resultar lesiva, en especial para los cetáceos, la presión sonora ambiental marina suele oscilar entre 35 y 80 dB. Delfines y ballenas sufren lesiones somáticas a partir de 180 dB, aunque a presiones inferiores también se aprecia un deterioro de sus funciones vitales. También invertebrados como los cefalópodos pueden sufrir daños por efectos sónicos.


La contaminación acústica puede ser muy importante para la salud de mamíferos, reptiles, peces e invertebrados, aunque principalmente para los primeros, pues sus sistemas de comunicación y pautas de comportamiento, y su uso del hábitat y rutas de migración, dependen de la calidad del ambiente sonoro.


El sonido intenso y la exposición permanente o incluso irregular a esas frecuencias pueden llegar a ser lesivos para los cetáceos. Hay sin embargo muchas lagunas de conocimiento en los efectos sobre muchas especies, tanto de vertebrados como de invertebrados. Los varamientos de cetáceos por traumas acústicos y mecánicos, y los varamientos de cefalópodos gigantes y arribadas masivas de peces por causas no del todo aclaradas, pueden estar en relación con las actividades invasivas como las catas petrolíferas, que no actúan solas ni son el único impacto aislado con que alteramos el ecosistema oceánico: también contribuyen el funcionamiento permanente de las plataformas de extracción, el tráfico de buques, las maniobras militares, los sónares, y otras muchas actividades, donde se incluyen, y no evitamos decirlo, las exploraciones estrictamente científicas.