Además del hambre, la sed (de agua dulce) de la población humana es quizá la necesidad primaria que acucia a más personas en todo el planeta. También se habla metafóricamente del hambre de tierras, es decir, de sitios de asentamiento y edificación, o para hacer crecer cosechas y apacentar ganados. Hasta ahora, sin embargo, poco se ha divulgado acerca de otra clase de avidez que no va a la zaga de las anteriores: el "hambre de arena". Esta modalidad, si se quiere, del hambre de tierras, ha crecido en el estómago, imposible de saciar, de un desarrollismo galopante e imparable.

La minería de arena (sand mining en inglés) es una de las actividades causantes de mayor impacto ecológico y económico, desde cualquier perspectiva que se estudie.

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La arena se usa como material complementario o principal en la construcción de todo tipo de elementos de edificación e infraestructuras de transporte (carreteras, puertos, aeropuertos), entre otros fines. Este recurso finito puede extraerse de lechos fluviales, de canteras excavadas en parajes de montaña o en desiertos, dunas o fondos oceánicos, así como, eminentemente, de las costas arenosas y playas.

Los impactos de la extracción masiva de arena son muy graves para el medio ambiente en las formaciones psamófilas, propias de sustratos arenosos de un cierto grado de movilidad e inestabilidad, como son las playas o las formaciones dunares costeras. Su flora y fauna son como cabe esperar altamente especializadas, suelen mostrar un alto grado de endemicidad, especialmente en islas oceánicas, y por ello son fuertemente dependientes de este tipo de sustratos.

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A su vez, las formaciones sabulosas dependen de la vegetación natural de este tipo de ambientes para su estabilidad y permanencia. La interdependencia entre los ambientes sabulosos y sus especies se puede ilustrar con el ejemplo de la tortuga lora o bastarda, Lepydochelis kempii, presente desde el Caribe hasta Terranova (aunque se han dado citas puntuales para la Macaronesia) y en peligro de extinción. Este quelonio prefiere desovar en parajes dunares antes que en otro tipo de litoral.

Estos reductos litorales sufren distintas formas de explotación. Algunas de las más relevantes son:

-El uso turístico desaforado con la ocupación por obras y levantamientos ilegales, incluyendo infraestructuras portuarias; la especulación urbanística en la franja costera con profusión de hoteles, residenciales clónicos, chiringuitos, todos ellos de fuerte impacto visual (y a menudo sonoro), sin contar con la ocupación del terreno y la contaminación de los suelos y el agua en lugares que deberían estar protegidos con figuras restrictivas de uso.

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Estas estructuras no han sido erigidas mirando por la preservación de estas áreas extraordinarias, sus declaraciones de impacto son parciales e incompletas, cuando no falseadas, y las obras vivas llegan a causar la interrupción del flujo de sedimentos de mar a tierra y a la inversa, por lo que pueden determinar su desaparición en breve.

-La afluencia de visitantes a pie, que lleva aparejada la alteración de los ciclos y comportamiento de las especies, y se asocia a la recolección o daño indiscriminado a la flora y fauna, o incluso la extracción de arena en cantidades moderadas pero de forma reiterada.

-El destrozo mecánico y deterioro irreversible de la estructura del sustrato por los vehículos off-road y el pisoteo, tanto como el arranque de la vegetación que fija las arenas, causando erosión del suelo, y pérdidas por escorrentía hacia el mar, lo que además tiene otros efectos sinérgicos, como la turbidez y desaparición de las comunidades submareales originales. Son especialmente frágiles las dunas, los médanos (dunas de pequeña altura o a ras del agua), y otras formaciones singulares, como por ejemplo las extrañas sismitas fósiles de El Médano, localidad costera del Sur de Tenerife, Canarias, cuyo origen (geológico u orgánico) está siendo debatido, u otras formaciones originadas por el vulcanismo submarino), la escasa protección legal y vigilancia de estas zonas, entre otros factores.

-Las tortugas marinas se encuentran entre los principales damnificados de esta hambre de arena, pues están alterándose irremisiblemente o desapareciendo sus lugares de nidificación a una velocidad pasmosa. En Canarias se hacen esfuerzos, en particular en las islas orientales (Lanzarote y Fuerteventura) aunque también en el resto, para promover su éxito reproductivo y su supervivencia.

Como a perro flaco todo son pulgas, existe otro riesgo aún mayor para las playas (naturales): el comercio y el tráfico ilegal de arena. De arena de playas, de fondos marinos sabulosos, y de dunas costeras, este nuevo producto del mercado negro (o no tan negro) resulta incluso más rentable que las drogas. Muchas playas de países en vías de desarrollo o de islas oceánicas están en peligro crítico de desaparición, y con ellas toda la biota, paisaje y actividades humanas tradicionales relacionadas. El motivo es la extracción y venta de arena para la construcción de edificios e infraestructuras en otras regiones, y para la apertura de playas artificiales, por lo general, en el mundo desarrollado, aunque no en exclusiva.

En conclusión, desde nuestros industrializados lares crece la demanda de arena para dotar de playas arenosas a lugares donde no existen playas naturales, o para restaurar costas que con una adecuada gestión no hubiéramos destruido, o para construir puertos supernumerarios donde no atraca ni una chalupa, o aeropuertos donde no se ve ni la sombra de un aeroplano, trasladando la arena desde las playas originarias y desposeyéndolas así de los recursos naturales y de la vida ligada a ellas. #Corrupción #Animales