Antes de la exitosa expansión comercial del cigarrillo electrónico en prácticamente todo el mundo, países como Australia habían venido practicando en los últimos 30 años fuertes incrementos en los gravámenes sobre el tabaco, reforzado la prohibición de fumar en lugares públicos, y aumentado las advertencias gráficas y explícitas en los productos para fumadores (de tabaco), entre otras estrategias.

Todo ello ha hecho disminuir la frecuencia diaria del acto de fumar por parte de adultos desde un 35%, en 1983, a un 13% en 2013 (fuente: Hall y Gartner, en la revista The Lancet Respiratory Medicine, 2014).

El cigarrillo electrónico (en adelante CE para abreviar) es un dispositivo cada vez más popular que posibilita la inhalación de un vapor que contiene una cierta cantidad de nicotina, más otros compuestos químicos como el propilenglicol (o propanodiol) añadido como agente humectante.

Anuncios
Anuncios

Se da por admitida la noción, por un amplio arco de usuarios y vendedores del CE, de que su empleo ha promovido en la última década el abandono del hábito, demostradamente nocivo, de fumar tabaco convencional.

Se debate actualmente la utilidad del CE para su empleo como alternativa viable al tabaco en cigarrillos o cualquier otra presentación para fumar, y se discute de forma diferente en cada país si debe ser regulado como producto asimilable al tabaco, como medicina o como terapia sustitutiva para ayudar en la adicción. De momento, la permisividad en su uso se ciñe, sobre el papel, al entorno privado, en la mayoría de los casos, aunque la regulación es todavía laxa en muchos aspectos, como la información que reciben los consumidores es escasa, y muchas veces parcial.

Para muchos empresarios del ramo del CE, y para no pocos especialistas en medicina comunitaria y en enfermedades cardiorrespiratorias, entre otros actores, la alternativa parece cuando menos interesante para proveer de una solución, siquiera a medio plazo, o provisoria, o quién sabe si definitiva en futuras evoluciones del producto, en tanto se logren otros avances en el campo de la prevención, para los millones de fumadores que desean librarse de su dependencia del tabaco.

Anuncios

Ahora bien, invocar al CE como la panacea antitabaco de la última década es arriesgado, por no decir parcial. Para lograr una correlación significativa razonable entre la reducción en el número de fumadores activos y pasivos y el uso del CE, habría que tener también en cuenta el efecto covariable de dichas políticas de prevención, rehabilitación y regulación antitabaco; éstas han sido desplegadas en las últimas décadas, y han obrado con perfecta independencia respecto del mercado del CE en sus diferentes variantes, que se presentan a su vez desde hace varias decenios.

La inversa, por descontado, también debería ser analizada, en rigor; es decir, la incidencia del factor covariable "uso del CE" sobre la evolución temporal en reducción del tabaquismo. En cualquier caso, la evidencia cae más del lado de las políticas antitabaco clásicas que de un producto como el CE, hace décadas minoritario, y hoy sólo en su incipiente eclosión comercial.

A mayor control sobre el producto dañino tradicional, mayor reducción en el número de fumadores, mayor tasa de ahorro en sanidad pública en ese concepto al menos (más las sinergias debidas a afecciones vinculadas al tabaquismo), menor frecuencia de ingresos en hospitales debido a enfermedades causadas por fumar, menor índice de ventas de cigarrillos convencionales, mejores porcentajes de éxito en la deshabituación, etc.

Anuncios

Achacar todos estos logros unilateralmente a la entrada en escena del CE, soslayando las sinergias preestablecidas por esas políticas citadas arriba es un tanto tendencioso, al menos desde una perspectiva estadística.

Entretanto, las investigaciones sobre los efectos del CE aumentan y se diversifican en alcance y objetivos, reuniendo evidencias a favor y en contra, aunque hace falta todavía un esfuerzo mayor en el estudio de sus efectos y un seguimiento y educación de los usuarios en proyectos que deberían abarcarse e incentivarse en la medicina comunitaria y en los centros de prevención.

No todo el mundo, incluso es posible que una minoría, accede a esta nueva oferta de sustancias con efectos sobre la salud (puede que positivos tanto como negativos, según los casos), con la suficiente información y garantía de seguridad y cumplimiento, para "inhaladores" pasivos tanto como para activos. Por ejemplo, el contenido de nicotina de los CE puede ser mayor de lo indicado por el proveedor, como en el estudio de Schober y colaboradores (International Journal of Hygiene and Environmental Health, julio 2014), donde se encontró que era mayor en un 1,2 % que lo advertido comercialmente. Los resultados de este informe explicitan claramente que los CE no están libres de emisiones y sus contaminantes (partículas aerosolizadas, hidrocarburos aromáticos policíclicos, compuestos orgánicos volátiles, etc., que alcanzan los pulmones), conciernen a la salud de usuarios y receptores secundarios. #Investigación científica