Me dió mucha tristeza una injusticia que me tocó ver ayer. Estaba yo en el Hospital solicitando unas citas, cuando se acercó a mí una ancianita queriendo preguntar algo a la chica de recepción, la cual no le hacía caso (pues la señora hablaba muy bajito). Como yo soy bien entrometida cuando de ancianitos se trata, le pregunté que qué necesitaba y me enseñó el documento con una interconsulta y que necesitaba tener la cita rápidamente porque la Médico General la estaba esperando con la fecha de la cita y la enfermera ya había ido a solicitar su medicamento a la Farmacia del nosocomio. Mientras convencía yo a la recepcionista de que la atendiera -y por fin logré que me pusiera atención y accediera a ayudarme- la señora me estuvo contando que tiene diez hijos, ¡imagínense, DIEZ HIJOS!, pero que ninguno tenía tiempo para acompañarla a consulta, además me explicó que ya es viuda.

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Más ahinco puse en ayudarla y agilicé todo para que su cita le fuera dada y volviera al consultorio donde la gentil enfermera ya la esperaba con sus medicinas. La viejita me decía que estaba muy nerviosa, pero yo traté de tranquilizarla diciéndole que habíamos ahí tres personas para ayudarla (la enfermera, la recepcionista y yo). Como es mi costumbre le dije: "Usted tranquila y yo nerviosa", vaya con la Doctora que ya todo está arreglado; me agradeció infinitamente mi ayuda y se fue a seguir con su consulta.

Este encuentro me dejó muy pensativa, pues me dió mucha pesadumbre pensar que las madres dan todo por los hijos y cuando ya esos hijos vuelan se olvidan de todos los cuidados que recibieron y no se preocupan por ayudar a su anciana madre, ¿qué acaso piensan que ellos siempre serán jóvenes y fuertes?, ¿y que nunca necesitarán ayuda de nadie? ¡Qué lástima me dan!, ¡qué solos terminarán!

No olvidemos que el mundo es mental y que lo que hacemos nos es retribuido por el cosmos, algún día ellos serán olvidados y lastimados como hacen ahora con su pobre madre.

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Sí compañeros, el infierno no existe en el más allá, existe en el más acá; nadie se va de esta vida sin pagar todo lo que dejó de hacer por egoismo, como tampoco nos vamos sin haber sido premiados por nuestras buenas acciones. Dios no castiga, nos castigamos nosotros mismos con nuestras acciones y nuestras omisiones.

Me hierve la sangre sólo de pensar en esa pobre mujer subiendo camiones y exponiéndose a mil peligros porque sus hijitos se han olvidado de que tienen una madre anciana que necesita de ellos, así como ellos necesitaron durante tanto tiempo de sus cuidados para llegar a ser lo que ahora son. No soporto a los malagradecidos que se olvidan de los favores recibidos y actúan con indiferencia y prepotencia creyendo que son autosuficientes y no necesitan de nadie.

Como habrán podido notar quienes han seguido mi blog, soy enemiga de las injusticias, ya sean a seres humanos, a plantas o a animales. Soy una soñadora, lo sé, pero prefiero serlo a convertirme en una máquina sin sentimientos que sólo le preocupan las frivolidades que da la vida moderna, pensando tontamente que nunca voy a envejecer y que mis acciones nunca tendrán consecuencias.

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#Familia