La ineficiencia por parte de las instituciones europeas para gestionar la #Crisis financiera junto al movimiento masivo de los #Refugiados hacia Europa, han allanado el terreno para un viejo enemigo que se encuentra arraigado en una Europa débil a la que le cuesta buscar la estabilidad: la extrema derecha. Han sabido canalizar el miedo por parte de la población. Movimientos neo-populistas de carácter totalitario y xenófobo, han conseguido tanto aparecer ‘electoralmente’’ en nuevos países, como consolidarse en aquellos en los que ya estaban.

El discurso se afirma en la idea de la traición de las élites al pueblo, y llama a éste a la movilización y organización para recuperar el bien común.

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Se exalta la ‘’ultrademocracia’’, un pueblo maltrecho y oprimido por unas élites corruptas que les han abandonado, y han secuestrado la soberanía nacional.

Sin embargo, cada región posee sus factores propios: en Europa del Este, hay una vinculación a la izquierda con un sentimiento de nostalgia hacia el comunismo, que sirve de trampolín a la extrema derecha; en el Centro de Europa hay un marcado carácter islamófobo; y en el Sur de Europa, hay un descontento por las medidas de austeridad y el reparto de la miseria. Sin embargo, en estos últimos países, exceptuando en Grecia, no ha habido un auge de estas fuerzas, que sí las han tenido fuerzas de izquierda o extrema izquierda.

Ciertamente no todos los grupos de ultraderecha son iguales. Unos, como el JOBBIK húngaro o Amanecer Dorado de Grecia, no maquillan su discurso neonazi.

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Otros, como el Partido por la Libertad del holandés Geert Wilders o la misma Marine Le Pen, enfocan sus críticas a la pérdida de soberanía a causa de la integración europea y piden la salida de buena parte de la inmigración, rechazando con más énfasis la islámica. Por último, otros como el UKIP británico, enfatizan más las tesis eurófobas.

Uno de los principales rasgos de este reformado nacional-populismo es la exaltación de la xenofobia, identificando al extranjero pobre como raíz de los males que sufre la nación. El aumento general del paro y el crecimiento de la inmigración en Europa, sumado a la ola de refugiados, han constituido un clima propicio para la extensión del discurso xenófobo. La competencia, en vez de la cooperación, entre los trabajadores, nativos o extranjeros, por unos recursos cada vez más escasos en un clima de inestabilidad social y económica, y el desmantelamiento del Estado de Bienestar, han sido temas recogidos por la ultraderecha que van a señalar como causante a la inmigración.

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Explotan de forma populista el miedo al extraño, ensalzando la primacía nacional frente a los extranjeros. Se les reconoce como causantes del robo de la riqueza de la nación y de la usurpación de las prestaciones sociales.

Ya no es considerado como una supremacía de la raza blanca sobre las demás. Ahora el discurso xenófobo gira en torno a las diferencias culturales y de identidad. La cultura occidental es considerada como el máximo representante de la ‘’civilización’’. Y dentro de la inmigración, el máximo enemigo a abatir es el islamismo. A partir del final de la Guerra Fría, se buscó un nuevo enemigo que sustituyera al comunismo. El mundo islámico es reconocido como algo antiguo, incapaz de modernizarse. Todo este odio aumentó exponencialmente a raíz de los atentados del 11-S, y en Europa se considera que la confesión musulmana es radicalmente incompatible porque destruiría la tradición, cultura y raíces del continente.

  #Unión Europea