Carlos Hernández de Miguel es un prestigioso periodista español que acaba de publicar Los últimos españoles de Mauthausen. Un libro que comenzó como una búsqueda biográfica sobre el destino de su tío en Mauthausen pero se convirtió en el resguardo histórico de 9.000 españoles deportados.

Recuerda con orgullo y emoción a Antonio Hernández su “tío de Francia”, ferroviario y carabinero refugiado en Francia que regresaba a Murcia de visita todos los años. Antonio fue uno de los 3.809 españoles que sobrevivió a un campo de concentración durante la Segunda Guerra. En los 2 años de investigación que Carlos empleó para documentarse ha escuchado y conocido a muchos españoles como su tío. “He tenido el privilegio de conocer a 18 supervivientes españoles que me han contado en primera persona todo el horror que vivieron. De ellos, me ha sorprendido la falta de rencor que tienen. Quieren que se conozca su historia para que no se repita pero no guardan odio a nadie.”

Antonio Hernández falleció en 1992, fue el prisionero nº 4.443 del campo de concentración de Mauthausen, dejó solo 3 escritos sobre sus días . “La vida allí era un verdadero infierno; desde la mañana a la noche. Les levantaban a las 4:45 horas. Tomaban un cazo de agua sucia a la que llamaban café y eran llevados a trabajar. La mayoría de los españoles trabajaban en la cantera de granito que se encontraba junto al campo. Allí tenían que cargar con piedras de hasta 50 kilos de peso”, cuenta Hernández de Miguel. “A algunos prisioneros les lanzaban los perros para que los destrozaran. A otros los tiraban desde lo alto de la cantera, en un punto que llamaban sarcásticamente “”el salto del paracaidista””... A mediodía les daban un cazo de sopa aguada y, después, vuelta al trabajo. Al finalizar la jornada tenían que subir una empinada escalera de 186 escalones cargados con una piedra enorme. En ese trayecto, los deportados resbalaban y morían aplastados por la piedra que portaban.”

Todos los relatos escuchados lo han impactado aunque “los más desgarradores son los de aquellos prisioneros que compartieron cautiverio con sus padres o hermanos. Estar con un ser querido era un castigo añadido porque veías cómo apaleaban a tu padre o asesinaban a tu hermano y no podías hacer nada. José Alcubierre, que solo tenía 14 años, sigue llorando hoy, cuando ha superado los 90 años de edad, al recordar el día en que se llevaron a su padre al subcampo de Gusen. Fue la última vez que le vio”

Creador del sitio deportados.es y del perfil en Twitter @deportado4443, donde durante 3 meses y medio ha recreado la vida de Antonio Hernández en Mauthausen, Carlos afirma “yo creo que los supervivientes nunca abandonaron del todo el campo de concentración”. Sostiene que “en el caso de los españoles fue aún peor porque no pudieron volver a España. Tenían secuelas físicas y psíquicas de su paso por los campos y debían vivir en un país extraño del que no conocían ni siquiera el idioma”.

España permaneció ajena lo que acontecía con sus familiares en Austria hasta finales de 1942. “Durante dos años, los alemanes no permitieron a los prisioneros escribir a sus casas. Cuando pudieron hacerlo, ya había muerto la inmensa mayoría de ellos. Pero ni siquiera estos prisioneros pudieron trasmitir a sus familias cuál era su situación real. Solo podían escribir 25 palabras que eran leídas y censuradas por los SS. Aún hoy, hay familias que no saben que sus seres queridos murieron en los campos de concentración nazis”.

Para el periodista y escritor en España se enseña una “historia descafeinada. Es por eso por lo que tampoco se conoce la historia de los más de 9.300 españoles que pasaron por los campos nazis. Porque fue Franco el que le dijo a Hitler que les enviara a los campos de concentración y hay un sector de nuestra sociedad que sigue sin querer que esa cruda realidad se conozca”.  #Unión Europea