239 pasajeros. 368 días desaparecidos. Hermetismo gubernamental. Una caja negra que caducó un año antes del fatídico vuelo. Ineficacia de los equipos de rescate... Todos estos términos se entrecruzan en el primer aniversario del mayor misterio del siglo XXI: la desaparición del avión comercial malasio MH370 que un 8 de marzo despegó del aeropuerto de Kuala Lumpur (Malasia) con destino a Pekín. Un destino al que nunca llegó y un misterio que ni la búsqueda internacional que más asistencia internacional ha obtenido hasta la fecha.

El último dato: la baliza que permitiría localizar al aparato bajo el agua caducó un año antes del accidente. Un dato nada esperanzador para los centenares de familias anhelantes para saber, por lo menos, qué pasó.

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Los familiares de los ocupantes, que se manifestaron el pasado domingo para mostrar su indignación, se sienten en el "limbo" después de que 26 países destinaran recursos para peinar más de 2,24 millones de millas náuticas en la operación de rescate más cara de la Historia de la humanidad.

Putín: otra vez detrás del telón

El silencio sobre las razones de su misteriosa desaparición, cuando tan solo 40 minutos después del despegue la nave cambiara el rumbo en lo que se ha tildado de "acción deliberada" no ha hecho más que alimentar la imaginación popular.

El mito más extendido es el de la conspiración, con Putín en cabeza: se cree que fueron los Estados Unidos lo que derribaron la aeronave para evitar que fuera usada contra una de sus bases navales en el Pacífico, y el presidente ruso Vladimir Putín ordenó que se escondiera una antigua base militar soviética de Kazajstán.

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Otra teoría conspiratoria se basa en que el derribe de la nave es producto de una artimaña para eliminar a parte del accionariado de una empresa de drones.

Tampoco fue un suicidio

En el último informe que presentó el gobierno malasio, donde se descarta que el piloto Zaharie Ahmad Shah sufriera algún tipo de trastorno psíquico que le llevara a cambiar de ruta para perpetrar un magnicidio o simplemente porque quisiera suicidarse, se han interrogado a más de 120 personas.

Mientras los familiares siguen reclamando respuestas por unos parientes que asumen que nunca jamás volverán a ver, las tareas de búsqueda y rescate se mantienen en el océano índico, a unos 2.000 km al oeste de Perth (Australia) y sobre una superficie de 60.000 km cuadrados. Todo el conjunto recuerda a la popular serie de televisión estadounidense Lost, pero con la amargura de ser el espectador al otro lado de la pantalla y no saber cuál será el ansiado desenlace.