Una cosa está muy clara: la historia nunca dejará de sorprendernos. Para los que, como yo, son apasionados de la materia, leer las últimas investigaciones científicas sobre el tema siempre acaba, cuanto menos, despertando ansias de conocimiento por lo que se nos escapa. Un ejemplo  es el último gran e impactante descubrimiento de los investigadores del museo de Drents, en Países Bajos: una momia de aproximadamente nueve siglos dentro de una antigua estatua china.

Una tomografía computarizada y una endoscopia han hecho falta para que una estatua de Buda nos revelara el escondrijo de una auténtica momia detrás del duro bronce.

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Momia que, por cierto, tiene nombre y apellidos: se trata del maestro budista Liuquan, que fue miembro de la Escuela China de Meditación y vivió alrededor del año 1100, según Phys.org.

El Museo Drents, un museo de historia del #Arte, realizó una exhibición de momias el año pasado y, para la gente que, como yo basamos nuestro conocimiento sobre el fenómeno en la película de La Momia, en el museo declaran: "hablamos de momias cuando además de los huesos de los tejidos blandos, como la piel, el cabello y los músculos de una persona fallecida o animal han sido preservados. Las momias no solo se encuentran en Egipto, sino en todas partes del mundo."

Sentada en la posición de loto, esta momia ha sido la pieza estrella del museo, no sólo por su particular sarcófago; se especula que el monje pudo haberse momificado a sí mismo para convertirse en un "Buda viviente".

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No sería un hecho aislado en la región asiática de la época. La automomificación era un procedimiento muy duro y muy riguroso durante la cual el monje tenía que someterse a duras dietas durante períodos de 1000 días para desprenderse de la grasa corporal (llegando incluso a restringir su alimentación a la ingesta de raíces y cortezas), que culminaban en un té hecho de extractos de un árbol japonés que dejaba el cuerpo demasiado envenenado para los insectos y bacterias.

Y no acaba ahí todo: moribundo, el monje era colocado dentro de su tumba y equipado con un tubo para respirar y una campana que sólo eran retirados tras su muerte y cierre definitivo del sarcófago. No es de extrañar que pocos monjes, además del nuestro, consiguieran completar el proceso.

Erik Bruijn, conservadora invitada en el World Museum en Rotterdam y experta en arte y cultura budista, dirigió la investigación. En el hospital, el especialista en medicina gastrointestinal y del hígado Reinoud Vermeijden y el radiólogo Ben Heggelman trabajaron en el examen interno.