La discriminación racial, hacia mujeres o incluso la homosexual son asuntos de gran índole a los que es obvio que les queda trabajo para ser erradicados, pero el siguiente caso rompe los esquemas por completo: Un hombre se sentó al lado de dos niños en un vuelo con destino a Sidney y una de las azafatas le pidió que se cambiara de sitio. Cuando el adulto, John McGirr, le pidió explicaciones al respecto, la azafata le respondió que era por ser un hombre y por política de la empresa Virgin, aerolínea del vuelo. Acto seguido, una de las pasajeras y McGirr tuvieron que cambiar sus asientos. Una política claramente discriminatoria que atenta únicamente contra los hombres, señalados todos sin distinción como depredadores sexuales.

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Dentro de una numerosa lista de desajustes sociales, la discriminación masculina aparece también en la palestra. Cuando en el ámbito jurídico se concede el beneficio de inocencia a todas las personas en primera instancia, el hombre sufre la catalogación de culpable hasta que demuestra lo contrario en determinados contextos. O al menos, de gran sospechoso. El programa televisivo australiano Today Tonight ofreció un experimento en el que una mujer tomaba fotografías en una piscina ocupada, entre otros, por niños y un hombre procedía a realizar lo mismo posteriormente. La mujer no fue interrumpida en su actividad en ningún instante, mientras que al hombre le llamó la atención algún bañista e incluso el socorrista de la zona se le acercó para comprobar las fotografías de su cámara.

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Los hechos hablan por sí solos. Lo que en la mujer resulta una actitud que no altera la situación, en el hombre se convierte en un juicio riguroso en el que su condición y dignidad quedan totalmente agraviadas.

En la práctica de la natación es, precisamente, donde más se mira con lupa este asunto. Según el ABE (Banco de Estadísticas australiano), un 30,2 % del abuso sexual infantil se produce por parte de un familiar de la víctima, mientras que un 11,1% por parte de extraños. La estadística alimenta el escepticismo de tal manera en Australia que las autoridades exigen que el profesor pida permiso al niño antes de tocarlo. Una medida a priori absolutamente válida para proteger a los más pequeños, pero que sin duda ultraja el honor del colectivo masculino.

Con semejantes cifras, resulta inevitable mantenerse alerta para eludir estas atrocidades pero, ¿hasta qué extremo hay que confiar en la condescendencia de quienes no conocemos y no caer en prejuicios? Y, más preocupante aún, ¿hasta qué extremo en quienes sí conocemos? Una disyuntiva delicada porque es tan aberrante señalar sin pruebas como ser acusado con ellas.