Son niños de la calle y duermen bajo un puente, en las escolleras del puerto o en los parques de Melilla. Por la ciudad deambula un centenar de ellos. Se les conoce como “menas” (menores extranjeros no acompañados). Para muchos melillenses son los responsables del aumento del número de robos con violencia e intimidación que registró el último Barómetro de Criminalidad del Ministerio del Interior, correspondiente al segundo trimestre de este año: un 25% más que en el mismo periodo de 2015.

Pero una cosa es la criminalización de los niños de la calle y otra, la realidad. A Save The Children le consta que menos del 10% de los delitos denunciados este año en Melilla los cometen niños de la calle.

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Un informe presentado el 28 de junio por la asociación Harraga, dedicada a ayudar a los menores extranjeros no acompañados que viven fuera de los centros de acogida de Melilla, admite que la mayoría de ellos sufre adicción al pegamento. Eso hace vulnerables a los más pequeños, que son obligados a mendigar o robar por los mayores con los que se juntan para intentar subir como polizones a los barcos que unen Melilla con Motril, Málaga o Almería.

También los deja a merced de los abusos. Este 21 de octubre un melillense de 41 años fue detenido por abusar sexualmente de cuatro niños de la calle. Supuestamente canjeaba tocamientos por alcohol y drogas.

En noviembre de 2015 dos policías nacionales de Melilla fueron enviados a prisión por mantener relaciones sexuales con un menor extranjero no acompañado a cambio de regalos y dinero.

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El niño aseguró que le habían dado alcohol y drogas y que las relaciones no habían sido consentidas.

Perfil del niño de la calle

Los menores extranjeros no acompañados que viven en las calles de Melilla tienen unos 17 años de media y proceden, en su mayoría (60%), de la ciudad marroquí de Fez. Seis de cada diez prefieren dormir a la intemperie antes que en el centro de acogida La Purísima por el trato que reciben en esta institución gestionada por el Gobierno de la ciudad (PP-PPL). Así lo recoge el informe de Harraga, elaborado con 91 entrevistas.

En la calle corren peligro. Este 28 de octubre la Benemérita rescató a un niño de 13 años que intentó acceder a la zona de seguridad del puerto descolgándose de una cuerda desde una altura de siete metros. Cayó al suelo y quedó inmóvil. En el hospital de Melilla le diagnosticaron una fractura de la tercera vértebra lumbar y del peroné de la pierna izquierda. De esas lesiones tendrá que recuperarse en el centro La Purísima, lleno hasta la bandera.

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El consejero de Bienestar Social, Daniel Ventura, ha admitido que en estas instalaciones, pensadas para 180 niños, acogían en septiembre a 370.

Pero no es la única estrategia de los menores para colarse como polizones en barcos que van a la Península. También se ocultan en las turbinas de los motores de los barcos o en el interior de los camiones que trasladan la basura, ceniza y chatarras a la costa andaluza.

Una agente de la Policía Portuaria asegura que se le encoge el corazón ante cualquier ruido porque cree que puede ser un niño pidiendo auxilio dentro de un contenedor del puerto. Fue lo que ocurrió este 22 de septiembre, cuando la Guardia Civil halló a un menor que llevaba 24 horas escondido en un pequeño habitáculo de un camión, cerrado por fuera y ubicado en los bajos del vehículo. Un agente de la Benemérita que conversaba con un camionero escuchó un leve quejido. Fue su perro quien salvó la vida del niño.

No tuvo la misma suerte Osama. Un chico de Fez que falleció ahogado en marzo de 2015 cuando intentó llegar a nado a un barco. Quería subir como polizón. El consejero de Bienestar Social dijo entonces a El Faro de Melilla que no era la primera vez que moría un niño ahogado ni sería la última.

Marruecos no quiere saber nada de repatriaciones. En Melilla, el Gobierno local habla de trasladar a estos niños a Andalucía a riesgo del efecto llamada. Mientras, ellos se juegan la vida en la calle. #Accidentes