El diario El País publicaba que Nancy Reagan, actriz y viuda del también actor y ex Presidente de los EE.UU., Ronald Reagan, que murió ayer en Los Ángeles, California, a los 94 años, según unos documentos inéditos de la Biblioteca Presidencial de Reagan publicados por Buzzfeed, no quiso ayudar a un antiguo colega de Hollywood, el actor Rock Hudson, cuando viajó a Francia dos meses antes de morir para un posible tratamiento contra el SIDA que le carcomía.

Mientras la carrera como actores de Nancy Davis, después Reagan, y Ronald Reagan fue mediocre, Rock Hudson, aunque tampoco fue una maravilla de actor, tuvo más suerte y trabajó en varios clásicos del cine como “Gigante” o “Su juego favorito”. Pocos conocían un secreto suyo que se supo cuando Hudson confesó que tenía el SIDA: su homosexualidad, que el puritanismo americano convirtió en tabú y que Hollywood intentó tapar casándole con su secretaria, Phillys Gates, matrimonio fracasado después.

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Su imagen de galán deseado por todas las mujeres, su alta estatura y su apostura le ayudó a esconder su verdadero ser.

El 4 de junio de 1984, Hudson recibió la terrible noticia de saber que tenía el SIDA, a sus 58 años. Entonces trabajó en varios episodios de la serie “Dinastía”, donde su personaje llegaba a liarse con el de una de las protagonistas, Linda Evans. Cuando sus amigos se enteraron, casi todos le abandonaron, teniendo en cuenta el miedo y desconocimiento de la enfermedad por entonces. Los portavoces de Hudson decían que en realidad era cáncer de hígado, que también sería creíble, pero al saberse todo, apenas Burt Lancaster y Elizabeth Taylor siguieron siendo amigos suyos.

Desesperado, viajó a Francia en julio de 1985 para someterse a un  tratamiento con la droga experimental HPA-23 en el Hospital Militar de Percy, cercano a Paris, y le atendería el doctor Dominique Dormant. Ya allí, el comandante de la base no le admitió al no ser ciudadano francés, requisito para recibir el tratamiento.

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El secretario de Hudson, Dale Olson, envió un telegrama a la Casa Blanca para que Nancy intercediera por él, con súplicas como “Se trata del único hospital en el mundo que podría salvar la vida de Rock Hudson o aliviar su padecimiento”.

Hudson recibió poco después una malísima noticia: un empleado de la Casa Blanca dijo “Acabo de hablar con la señora Reagan sobre el telegrama y me dice que no es un asunto en el que la Casa Blanca deba intervenir”.

Empleados de la Embajada estadounidense en Paris decidieron ayudar a Hudson por su cuenta y sin decir nada a Washington, gestionando que fuera admitido en el hospital. Demasiado tarde: la enfermedad se había agravado y los médicos aconsejaron que el tratamiento no serviría de nada, por lo que debía volver a su casa en California.

Murió el 2 de octubre de 1985, siendo incinerado y sus cenizas esparcidas por el Océano Pacífico. Su muerte fue un antes y un después en la forma de ver el SIDA, pero que hasta ahora no se sabía esta forma tan lamentable de tratar a un ser humano enfermo que necesitaba ayuda.

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Y aun sabiendo que Hudson era republicano y votó a Reagan.

Quizás no sorprendería a nadie, conociendo el puritanismo ultra de Ronald Reagan, el cual demostró durante sus dos mandatos como Presidente de EE.UU., y su negativa tozuda a que se investigara un remedio a la enfermedad que no fuera más allá de la castidad. Dos años después de la muerte de Hudson, Reagan decidió apoyar investigaciones. Hasta entonces, habían muerto, sólo en EE.UU., 41.000 personas por el SIDA. #Estados Unidos #VIH