Auschwitz (Polonia) es un cementerio de más de un millón de muertos donde no hay cadáveres, leo en un cuaderno de notas extraviado durante años; la fecha lo revela, 23 de julio de 2009. Encerradas en sus páginas han permanecido las impresiones de aquella visita, a la que vuelvo.

Videos del horror

El día fue caluroso, 36º C, ya desde la salida temprana de Cracovia. En el autobús del tour íbamos sólo tres españoles entre sus ocupantes, además de una pareja alemana que nos contó que todos los años visitaban al menos un campo de exterminio “para no olvidar lo que pasó”. Las dos horas de viaje son “amenizadas” con videos en los que se muestran las “habilidades” de los nazis con los pobres desgraciados que cayeron en sus manos.

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Murmuré que no eran horas, pero el horror no las tiene.

“No fotos”

Leo que siguiendo a la guía-dominátrix, que desde el principio insistirá en que en el interior de los barracones no se pueden hacer fotos, entro al primer pabellón, donde hay una señal que avisa de carteristas en el parking. “Vaya, también allí”, digo ganándome un codazo de una de mis amigas. Y es que al quedarme rezagado del grupo, antes de pasar bajo el arco de la gran mentira, “Arbeit match frei” (el trabajo hace libre), he visto una tienda donde las fotos del campo se venden a 60 zlotys (1 € = 4,30 zl.).

Es verdad que la entrada es gratis, como que no hay una sola fuente pública de donde beber. Ya me voy haciendo una idea de que hay que ir pagando por allí (al año pasan más de un millón de visitantes por Auschwitz).

El inglés delator

Nada más subir los escalones la dominátrix me reprende por intentar hacer una foto del exterior desde una de las ventanas.

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Sumiso, me cuelgo al cuello la cámara y pienso que habrá que darle dos tazas si no quiere caldo. Ajusto la resolución y anulo el flash. Fotos habrá. Un inglés, además del aspecto llevaba una camiseta con la Union Jack, se da cuenta de mi jugada y se me pega.

Pasamos por los escaparates del crimen. Son habitáculos acristalados en los que se pueden ver efectos personales de los prisioneros. Son temáticos. Uno de zapatos, cientos, miles; otro de prótesis ortopédicas; otro con cestas y maletas, la mayoría de éstas llevan pintado el nombre y dirección de su propietario; enseres de cocina, incluso uno totalmente lleno de escupideras.

En una de las paradas el flash del inglés da lugar a un nuevo rapapolvo, del que me libro mostrando mi cámara con su tapa protectora. Es el momento de despegarse un poco del grupo, aun sin perder el audio de la teleguía.

Muñeca sin cabeza

Con el fondo explicativo de otra sala me cuelo en una en que hay vitrinas y casi nadie. Es la mía, pienso; y los pelos casi se me ponen de punta del escalofrío al ver lo que hay dentro.

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Hay ropitas de bebé primorosamente tejidas y ribeteadas, según el caso, de azul o rosa; patucos de varios colores, zapatitos, chupetes y una impactante muñeca con falda escocesa y chaquetita marrón claro a la que le falta gran parte de la cabeza.

(Continuará) #Unión Europea #Sociedad Málaga