Al subir las escaleras hacia la primera planta del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (MMDH) de Santiago de Chile, un escalofrío recorre mi cuerpo. A cada nuevo escalón uno deja atrás decenas de víctimas representadas en cartones de tamaño real. A cada nuevo peldaño, a pesar de las atrocidades cometidas, como la vida misma uno debe seguir adelante.

Entre 1973 y 1990, el pueblo chileno estuvo sometido al violento mandato del régimen militar que instauró la dictadura a manos de Augusto Pinochet. Un cuarto de siglo más tarde, en Santiago de Chile ya encontramos un museo cuyo objetivo no es otro que evitar el olvido de todo lo sucedido.

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Bien documentado y con mucho material audiovisual, la visita al MMDH es un imperdible de la capital andina.

Desapariciones, vejaciones, torturas, juicios sumarísimos, violaciones y un largo etcétera son muchas de las prácticas que tristemente padecieron y padecerán las víctimas de todo conflicto, sean cual sean sus bandos y sus ideales. En este caso, generaciones de chilenos quedaron mellados para toda su vida, pero destaca que en un lapso de tiempo relativamente breve ya tengan distintas instituciones y comisionados indagando en su reciente historia en pro de dos cuestiones: la verdad y la memoria, ambas piernas indisociables de la justicia.

Lo sucedido durante la dictadura no es nunca fácil de compartir en público, pues se trata de un tema de conversación delicado y ante el cuál la gente puede ser muy susceptible.

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Diecisiete años de terror para unos y diecisiete años de ceguera intencionada para otros marcaron el pensar y la cultura de todo un pueblo. Aún hoy los jóvenes chilenos hablan de la herencia de la dictadura en el campo de la política y sobre la necesidad apremiante de renovar ya su texto constitucional aprobado bajo el mandato del régimen en 1980.

Ahora debemos imaginarnos lo que supusieron no diecisiete, sino casi cuarenta años de dictadura en España. Después de un período negro tan prolongado, hay dejes del franquismo por doquier. Su herencia política y social, aunque poco a poco se diluya con el paso del tiempo, aún hoy día es demasiado explícita en el pensamiento español. Cuarenta años después del fin del régimen, aún no podemos abordar la cuestión de la memoria histórica en España. Tampoco reabrir las fosas comunes en dónde yacen las víctimas. Pero en el horizonte de todos debemos rendir pleitesía a la gran cruz de la vergüenza que tiñe de inhumanidad el Valle de los Caídos.

Así pues, al salir del MMDH, lo que verdaderamente sentí es lástima por el trato institucional y público que hay en España sobre uno de los períodos más aciagos y recientes de nuestra historia.

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Uno se da cuenta tristemente de como las víctimas son siempre una cuestión política y no humana. Esa es la burda realidad; se desoye siempre lo que rezan en realidad las víctimas: lo que les duele no es el recuerdo del sufrimiento, sino la pérdida de dignidad. Recuperar la memoria histórica no es un mero juego de auto-flagelación de la conciencia que uno hace por gusto, sino que se trata de un ejercicio colectivo para devolver la dignidad a cuántos se la robaron. #Crisis