El 1 de septiembre de 1941, un edicto del gobierno nazi obligó a todos los judíos mayores de 6 años residentes en Alemania a llevar un Maguen David (Estrella de David), de color amarillo y en cuyo interior debía ir escrita la palabra Jude, judío en alemán, bordada o cosida en el lado izquierdo de sus ropas, aunque desde el 23 de noviembre de 1939, dos meses después de la invasión de Polonia por los nazis y que provocó la Segunda Guerra Mundial, los judíos polacos hacinados en los guetos ya la portaban. Una ordenanza que se extendió por todo el territorio europeo dominado por los nazis y que les permitía distinguir, a la vez que subyugar y excluir, a la población judía.

Anuncios
Anuncios

Un símbolo que, ya en la Edad Media, había sido establecido por la Iglesia Católica para identificar a los judíos a simple vista. Y eso solo fue el principio. Todos sabemos qué ocurrió después.

Este terrible episodio de nuestra historia más reciente, apenas han pasado 75 años, cuando lo recordamos, nos seguimos preguntando, cómo fue posible que el supuesto mundo civilizado, aún inmerso en una terrible guerra, permitiera que la Shoah, el Holocausto de esos 6 millones de judíos asesinados por el régimen nazi, se llevara a término. Por qué nadie, ningún gobierno, ninguna potencia, nadie absolutamente, puso freno a aquella orgía de sangre y muerte. Qué ocurrió para que Adolf Hitler casi consiguiera su propósito: el exterminio total de la población judía europea. Tal vez siempre hemos tenido la respuesta, solo que nunca nos hemos detenido ni tan siquiera a contemplar esa posibilidad.

Anuncios

Y, ¿cuál es? Tan simple, como que no aprendemos de los aterradores horrores del pasado y a esa innata capacidad que tiene el hombre de imitar viejas costumbres y, lamentablemente, tiende a copiar lo peor de sus ancestros. Nuestra vecina Francia es el más reciente y claro ejemplo de ello.

Hoy he leído una noticia que me ha dejado helada. Sin habla. Estupefacta. Con cara de tonta, porque no me lo podía creer. Pero, por lo visto, es cierta. Una iniciativa del Ayuntamiento de Marsella y de sus Servicios Sociales, que obliga a los sin techo a portar unas tarjetas amarillas de identificación, donde figuran los datos personales e información sobre las enfermedades que padecen, ha provocado la reacción inmediata de organizaciones y activistas de derechos humanos, que los acusan de utilizar métodos nazis. Una población, los incorrectamente llamados sin techo, que ha aumentado y extendido de manera alarmante en toda Europa desde el estallido de la crisis y, por supuesto, por culpa de la nefasta gestión y de las políticas de quiénes la provocaron y que ahora deberían resolverla.

Anuncios

Evidentemente, las autoridades marsellesas han respondido, alegando en su defensa que el objetivo de esta medida no es otro que ayudar a los trabajadores de la salud, a acudir con celeridad en auxilio de las personas sin hogar que estén enfermas o necesiten algún tipo de ayuda.

Pero yo hago una lectura muy diferente y se resume en una sola palabra: estigmatización. Las personas estigmatizadas, son rechazadas, vilipendiadas, devaluadas y enviadas al ostracismo. Además, experimentan discriminación social, insultos, ataques físicos e incluso, la muerte. En nuestra memoria, están las imágenes de aquella mujer que dormía en el cajero de una entidad bancaria y a la que unos desalmados rociaron con gasolina y le prendieron fuego, acabando con su vida. Además, cuando una persona se ve a sí misma con miembro de un grupo social estigmatizado, tanto si lo es como si no, sufre estrés psicológico.

Lo que ha ocurrido en Marsella, lo que ocurrió en la Europa dominada por los nazis, nos debe o nos debería hacer reflexionar al respecto. Y es que, cualquiera de nosotros, algún día y por circunstancias de la vida, podemos pasar a formar parte de uno de esos grupos estigmatizados. Nadie está libre de ser señalado. #Unión Europea