Paseas por la calle. Te compras un helado con sus respectivos cargos de conciencia. Te compras unas zapatillas de deporte monísimas con menos cargos, porque están de rebajas y son precisamente para bajar el helado. Sigues paseando y te encuentras con una aglomeración de gente que grita y da saltitos rodeando a "Dios sabe quién". ¡Toma, un famoso, qué suerte! Estiras el cuello cual gacela hambrienta para enterarte de quién se trata, hasta que ves a la grandísima, fabulosa e incomparable… ni idea de quién era. ¿Estoy tan desfasada? ¿Cómo no conocía a esa chavalita a la que tanto admira toda esta gente?

Los influencers e Instagram

Una influencer.

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De influir. Vamos, que esta chica, que apenas llegará a los 15 años, es todo un icono en moda, fiestas y cosas banales en general. Lo malo de todo esto, es que también es una influencer en comportamiento.

Os invito a hacer un ejercicio práctico. Abrid vuestro #instagram y si no tenéis (mucho mejor para vosotros) podéis verlo en Internet. Simplemente, con dar al buscador de manera random (estoy poniéndome al día en tema influencer), te aparecerá un amplio surtido de sugerencias de cuerpos a los que seguir. Porque ni siquiera son personas: son apariencias. Y es que la vida de los #Influencers es maravillosa. Es todo del color de la primavera, no hay defectos, solo happiness. El Moet corre como la cerveza en cualquier botellón del pueblo llano. Tienen una pasta que dejaría helado al más alto directivo, aquel que se ha pasado toda la vida trabajando.

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Se siente. Los tiempos han cambiado. Hay que tener visión.

Con unas poses imposibles que envidiarían los profesionales del contorsionismo y ropa de marcazas inalcanzables para la gente de bien, los influencers suben sus fotos a las #Redes Sociales esperando la lluvia de "Me Gusta". Y cómo no nos va a gustar. De tanto ver cuerpos perfectos, pieles bronceadas y bolsos de CK, incluso para ir a la piscina, me he dado cuenta de que soy una pobre gorda. O una gorda pobre. Así de crudo.

La mentalidad de los jóvenes con las redes sociales

Pero no me preocupo por mí, que ya estoy echada a perder. Me preocupan los jovencitos que ven cómo se llega mucho más lejos enseñando las vergüenzas (¿veis cómo soy inmune?) que estudiando, trabajando y esforzándose. Y no los culpo, con los trabajos que hay. Bueno, trabajo es mucho decir. Prácticas forever. Pues eso, que es vergonzoso cómo se vende la gente de hoy en día por las redes. Al principio me daba un ramalazo de envidia inevitable al ver a estos adolescentes perfectos, que lo tienen todo sin hacer nada.

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Ahora me dan pena. Sabemos que os pasáis horas haciéndoos cientos de fotos para que solo os aparezca el vientre plano en una. Sabemos que recibís más insultos que alabanzas por parte de nosotros (la plebe). Sabemos que esta obsesión por ser aceptados y queridos por gente que no conocéis os aparta de los que realmente importan. Sabemos, sé, que no habéis tenido una educación adecuada. Que un padre en condiciones te castigaría severamente si te viera enseñando el culo por internet.