Evidentemente no, pero no porque sea sacerdote, sino porque no es ni biólogo, ni psicólogo, ni sexólogo. Lo único que un sacerdote puede hacer, al igual que cualquiera de nosotros, es dar su opinión y como mucho contar su experiencia personal. No voy a utilizar el absurdo argumento de que como los sacerdotes no deben mantener relaciones sexuales, según sus creencias, no pueden hablar de ello, por esa regla de tres yo no podría hablar de China porque nunca he ido.

El sentido de este artículo es otro, y es que lo que hace un sacerdote desde su púlpito es dar clases de moralidad ante un público que, sólo por el hecho de estar allí presentes escuchando a un supuesto referente social, demuestran que pueden ser influenciados de una manera muy negativa, y en este caso en particular el sacerdote en cuestión se ha explayado.

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En su discurso, que podéis encontrar enlazado aquí, ha dicho cosas como que el mundo homosexual (suponemos que se referirá a todo el colectivo LGTB), es un mundo “podrido y pervertido”. Menudo nivel de argumentación que gasta este señor.

¿Cristianos o fiesteros?

La Iglesia pierde adeptos y vocaciones, y eso es algo absolutamente normal dado el discurso que mantienen. Hablamos de una estructura que se ha quedado estancada en la edad media, tanto ética como estéticamente, con unos seguidores que, si quitamos a la minoría que aún cree en seres celestiales y mitológicos, se queda en una mayoría que lo que les gusta es lo mismo que a todos: la fiesta. Las fiestas del pueblo, las fiestas del barrio, las romerías, las procesiones, la música y la tradición. El santo o la virgen de turno no son más que una excusa más para ir de cañas y tapas después de misa.

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No quisiera ser cruel con los creyentes, pero creo que como poco están desinformados o son muy permisivos. No me voy a remontar a la época de la Santa Inquisición, porque en este país somos muy dados a decir que eso ocurrió hace mucho tiempo y que ya se pidió perdón, pero sí que me gustaría que echaran un vistazo al papelón que tuvo la Iglesia durante la Guerra Civil y el Franquismo, y también al papelón que siguen teniendo a día de hoy, y que no ha cambiado en absoluto, de tratar por todos los medios de frenar el avance social sea como sea. Desde su posición en contra del preservativo como método de prevención de enfermedades venéreas, el no reconocimiento de familias que no sigan el canon de padre, hombre que provee, madre, mujer que sirve e hijos, los que Dios nos mande, su oposición radical a que cada persona exprese su género y su sexualidad como desee, etc.

Otro hecho que siempre me ha llamado la atención es que para ser una institución que se dedica a lo divino y lo celestial, tiene mucho interés en agrandar su patrimonio terrenal (véanse todos los casos de inmatriculaciones), en mostrar y acumular riqueza (véanse joyas, tesoros y obras de arte), y en establecer relaciones políticas de influencia con el fin de no pagar impuestos (y aparecer como beneficiarios en la declaración de la renta).

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Raro, raro, raro.

Y para terminar voy a ser un poco canalla. La Iglesia tiene muchísimo que agradecer al colectivo LGTB, gracias a ellos, cuando la homosexualidad era reprimida duramente, el número de sacerdotes y de monjas se nutría de todas aquellas personas que no querían o no podían salir del armario y encontraban como única salida el “celibato” de la Iglesia. Este hecho lo explica todo: la consecución de la libertad sexual es competencia directa para la supervivencia de la Iglesia, y es que muchas personas han dejado de tener miedo a expresarse libremente y no necesitan esconderse de nadie en ningún convento.