Durante el día de ayer, estaba convencida de que hoy, 9 de noviembre de 2016, quedaría marcado a fuego en el calendario como el día en que los #EEUU elegirían a Hillary Clinton como la primera Presidenta de su historia.

Me emocionaba pensar que volveríamos a ser testigos directos de la historia. Y realmente creí que después de haber hecho realidad, con la llegada de Obama a la Casa Blanca, lo que hace no tantos años parecía una utopía, estarían más que preparados para dar la bienvenida a una mujer y así seguir rompiendo barreras estúpidas.

Pero la emoción me duró poco. Íbamos a ser testigos directos de la historia, pero no de la manera que pensaba.

Las elecciones estadounidenses las ha ganado el odio. Lo zafio, lo burdo, lo esperpéntico, lo absurdo… Las han ganado en gran parte, esta especie de Síndrome de Estocolmo que escapa a mi entendimiento y que se divide en 5 categorías:

  • Mujeres votando a un candidato misógino.
  • Latinos votando a un candidato xenófobo.
  • Afroamericanos votando a un candidato racista.
  • Clases bajas votando a un candidato clasista.
  • Personas que reúnen varios de los puntos anteriores.

Porque Donald #Trump es todos esos candidatos en uno. Es el máximo exponente de la intolerancia y a la vez tiene la capacidad de convencer hasta a los objetos de sus ataques de que es la mejor opción.

En campaña, Trump no ha sido políticamente correcto, ni educado, ni elegante, ni diplomático... No ha sido nada de lo que se supone que tiene que ser. Y aún así ha ganado. Se le podrán reprochar muchas cosas, pero la falta de claridad no es una de ellas. Y viviendo en el país que vivimos, donde la claridad no existe, al menos ese mérito se le voy a conceder.

No sé que pasará a partir de ahora, quizás ni él mismo lo sepa, pero de momento me agarro a un clavo ardiendo, pensando que sabemos lo que puede venir, porque no puede ser peor de cómo le hemos visto y oído.

Trump ha puesto las cartas encima de la mesa. Se ha vendido como un monstruo y mientras gran parte del mundo, incluido un buen puñado de millones de sus compatriotas, temblábamos ante la posibilidad de que ese monstruo se hiciera con el poder, otros tantos, con apoyo directo o indirecto, han elegido ponernos al monstruo delante.

Ojalá Patrick Ness hubiera acertado y el monstruo solo hubiera venido a vernos y no a quedarse. Pero así de caprichosa es la sociedad. Así es la democracia. #Elecciones