Internet es desbordante. Muy ambiguo, he de decir. Peligroso, pernicioso; brillante y preciso a veces, para no ser injusto. Hace unas semanas –quien es seguidor de los Juegos del Hambre asentirá a mi par-, encontré aleatoriamente una imagen comparativa de #Trump y Clinton, donde el aspirante republicano casi sin partido representaba al Presidente ficticio Snow, mientras que la demócrata de alma republicana se cristalizaba en la Presidenta rebelde Alma Coin. Simple y prodigiosa, concisa y resuelta. Muerte o susto.

Si algo merece saltar a la palestra hoy, es la hipocresía que se esgrime dentro y en torno a Estados Unidos. Las dobles varas de medir, ya testadas en nuestra piel nacional, nunca son proclives a alimentar el fondo democrático del que a muchos y muchas gusta presumir. Yo te critico esto, hace unos años dije eso, ahora digo esto y nos encerramos  viciosamente en un bucle de digos y diegos que se clavan como astillas indelebles (y menos mal). Y es lo bueno de las hemerotecas, que están ahí precisamente para recordarte que Clinton no es la panacea caritativa de los latinos y afroamericanos o que Trump siempre ha sido un misógino consumado. Es fundamental marcar una línea de distanciamiento importante en el alza del candidato hipócrita: polaricémoslos, demonicemos a un enfermo y que las nocivas elucubraciones de ese lengua larga sean las llaves blancas de Washington para su alternativa.

#Hillary Clinton ha demostrado ser el nuevo icono de la política dúctil y paciente. Porque lo que viene a ser marxista, muy marxista Hillary no es, aunque de Groucho sí aprendió eso de: “Estos son mis principios; si no te gustan, tengo otros”. Y eso es de admirar, porque Clinton, pese a ser una de las candidatas más impopulares del trayecto demócrata, al fin ha conseguido plantar la guinda agridulce a su larga caminata. Un candidato menos desagradable por parte de la bancada republicana hubiera puesto más trabas a la ex Primera Dama, pero la verborrea biliar de Trump es harina de otro costal. Si tus porcentajes se muestran vacilantes en arrancar la victoria a un señor que presume de su tamaño viril y se postula a gobernar al país más poderoso del mundo, siento decirte, Hillary, que quizás no eras la mesiánica candidata antagónica a Trump. En 1996 puedes amenazar a los jóvenes afroamericanos con “meterlos en cintura” y veinte años más tarde deslizarte hacia la Casa Blanca sobre la retórica del discurso antixenófobo, acusando a tu rival de lo que tú misma eres o al menos no reconociste ser.

Trump, que confunde gallardía con desvergüenza, arrastra una larga retahíla de malsonantes y sandeces que aspiran a escribir el prólogo de un baluarte por la indecencia y el mal gusto. Un misógino, retrógrado, homófobo, xenófobo, con aires de megalómano y ademanes de sobrecalentamiento intelectual, que aparte de imprecar sobre la dignidad nacional del resto de países, escupe sobre su propia “excelsa democracia” al cuestionarla como un meollo del caciquismo. Donald Trump, que anhela su entrada por las puertas del despacho del mundo con vítores y alardes de salvador, sólo hace que anegar más hondamente su recuerdo futuro como una de las figuras más álgidas del patetismo norteamericano. Podrá, al menos, presumir algún día de haber enfilado una innumerable miríada de radicales y miserables que quieren hacer “grande” a América de nuevo.

Estados Unidos, nación adalid de la espectacularización de la política, ha consumado al fin su proyecto de protagonista televisivo del mundo. Aquí nos tiene a unos cuantos billones de personas, inquietos, en un mutismo perpetuo, pendientes de quién sentará su trasero en el despacho oval: si susto o muerte. #EEUU