No entraré en qué hubiera pasado en este país si hubieran ganado los otros, es decir, los que perdieron en vez de los que ganaron. Quizá fuera otra dictadura, viendo cómo iba todo.

Pero no se pueden hacer conjeturas, sólo es seguro que pasó lo que pasó. Pero nadie, salvo los nostálgicos, niega que aquel Régimen que duró 36 años y medio fue un desastre, nada de esa “dignidad humana” y ese “progreso” que la Fundación Francisco Franco asegura que hubo durante aquellos años.

Aquel llamado “Alzamiento Nacional” ha sido parodiado por algunos en Twitter con una cierta coña sexual, y me atrevo a decir que el resultado final de aquello, si lo vemos así, acabó peor que un gatillazo. Por que motivó que durante muchos años, la gente envidiaba lo que se veía en el extranjero, no sólo que pudieran votar, sino que se pudieran divorciar. O cuando Miguel Mihura inmortalizó la admiración por las mujeres francesas como portadoras de libertad sexual, aunque fuera tópico, y que poco después, ellas fueran reemplazadas por las suecas. Así era la vida aquí, reprimida hasta no tener ninguna diferencia con el Iran de los ayatollahs o Arabia Saudí que condenan a 50 latigazos o a ser lapidada a cualquier persona adúltera.

La actitud de EE.UU. hacía Franco fue según de qué partido era el Presidente de turno: sólo los republicanos Eisenhower, Nixon y Ford visitaron España; entre los demócratas, ninguno, y hubo cuatro Presidentes, Kennedy entre ellos. Pero la Guerra Fría fue la que salvó al franquismo y pintar algo en el extranjero, con las bases americanas y todo eso.

No entraré en los excesos de la II República, donde el país sufría las mismas desigualdades que en la Francia anterior a la Revolución, y todos, da lo mismo el bando político, fueron culpables de lo que pasó. Pero no me harán jamás ver a Franco como ese santo en vida que nos quisieron vender en su momento y ahora, con sus partidarios exigiendo al Vaticano su canonización, así directamente.

Por culpa del franquismo, este país tuvo que modernizarse en pocas décadas lo que ya habían hecho sus vecinos al ritmo adecuado. O mejor dicho, en siglos, pues arrastraba el lastre de la época de la Inquisición y sus atrocidades, algo que el franquismo negaba sistemáticamente: por ello, Franco se negó a reconocer ni tener relaciones diplomáticas con Israel; hubo que esperar una década después de su muerte para ello.

Y lo peor que llevaba el franquismo era la opinión pública internacional, a la cual no podía someter a su censura. Por ello les ponían de los nervios portadas de “Le Monde” denunciando atrocidades de la Policía o ejecuciones de opositores, pese a la petición de clemencia incluso del Papa en estos casos.

Como todas las dictaduras, Franco tuvo su culto a la personalidad que hoy en día hace reír por lo ridículo que era. En los primeros años, el Caudillo fue protagonista de cuadros en donde aparecía como un majestuoso caballero medieval que dejaba al Cid Campeador como a un matón de taberna y demás disparates parecidos o peores. O cuando en el cine aparecía él en el NO-DO o se oía el himno español, todo el público tenía que levantarse de la butaca, saludar brazo en alto y gritar frenéticamente “¡Franco, Franco, Franco!”

España sólo empezó a despertar algo de la dictadura pasados veinte años, con el Desarrollismo y el Turismo. Y evolucionar a mejor sólo gracias a gente que sabía fijarse en lo bueno “de fuera” y no a los que aquí añoraban una presunta gloria imperial, apolillada por todas partes. #Efemérides