La estatua ecuestre de bronce de Felipe IV que preside la plaza de Oriente madrileña es un magnífico monumento que galopa sin cesar para llegar a ningún sitio. Sin embargo, no se ha sabido la fecha exacta en la que se fundió dicha estatua en bronce hasta que en 1930 el estudioso Heliodoro Sancho Corbacho encontró una carta de pago "por el viaje que el escultor Juan Martínez Montañés hizo a Madrid para tallar el retrato del rey Felipe IV" y que estaba fechada el 21 de marzo de 1639.

La historia de la estatua de la Plaza de Oriente es curiosa y pintoresca. En 1638 se recibió en Madrid el modelo encargado por Felipe IV al escultor italiano Pietro Tacca, que ya había realizado la estatua de Felipe III que está en la Plaza Mayor.

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El escultor llevaba haciendo el encargo del monarca español desde hace dos años, explicándose así "el baile de fechas" que siempre ha existido en la creación de dicha obra.

Cuando el modelo del monumento llegó a Madrid, se guardó en uno de los salones bajos del Alcázar Real a la espera de ser fundido en bronce. Pero antes tenía que ser supervisado por el artista de éxito en el reino de aquel tiempo: don Diego Velázquez y Silva. [VIDEO]

El rey acudía a Velázquez para conocer su opinión sobre todas las cuestiones de arte y su monumento ecuestre no iba a ser menos. "Buen retrato del caballo y mal retrato del rey", dijo el famoso pintor al monarca. Felipe IV, tras oír las palabras de Velázquez, quiso acabar con la estatua, pero el ilustre pintor dijo que aquella escultura tenía gran calidad y lo que fallaba era el parecido con el propio rey.

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Entonces la medida que tomaron fue drástica: ¡cortar la cabeza de Felipe IV en la estatua para poner otra!

El inesperado y delicado trabajo de cambiar la cabeza del rey fue encargado a Juan Martínez Montañés, un escultor de avanzada edad que vivía en Sevilla, por recomendación de Velázquez. Éste, tras llegar a Madrid, cortó la cabeza para ajustar las medidas exactas de la que debía tallar nueva.

El monumento de Felipe IV estuvo expuesto sin cabeza durante siete largos meses en uno de los salones bajos del Alcázar Real, siendo el asunto principal en los corrillos de los cortesanos y tema jocoso para los bufones.

Cuando se finalizó la obra y ya era del gusto del rey, el propio Velázquez pintó un retrato de Martínez Montañés trabajando en el diseño del rostro del rey. Actualmente, el óleo se conserva en el Museo sel Prado.

El escultor de la cabeza de Felipe IV, tras acabar su trabajo, regresó a Sevilla donde siguió sus menesteres hasta que murió en 1649, víctima de la epidemia de peste bubónica que diezmó a toda España. No obstante, la curiosa anécdota aún se puede recordar al presenciar el rostro de Felipe IV, que cabalga a ningún sitio a lomos de un caballo de bronce mientras domina la plaza de Oriente.

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