Mucho se ha hablado y se habla de las consecuencias del cambio climático. Lo cierto, es que en el Mediterráneo, y especialmente en Valencia y en su área metropolitana, éste se ha vuelto un tema recurrente. A sus habitantes se les ha olvidado cómo llueve. El pasado invierno la lluvia brilló por su ausencia. Pero es que durante la primavera y el recién finalizado verano, este fenómeno se ha agudizado.

Se asiste con estupor a presenciar cómo se diagnostica la entrada de borrascas y precipitaciones por el oeste de la Península. Cómo el agua cae por el centro del país, por el norte, e incluso causa estragos en ciertos puntos del sur peninsular.

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Por no citar las últimas lluvias que han acechado Cataluña o el norte de la Comunidad Valenciana. Pero parece que cuando se trata de la posibilidad de que llueva sobre la capital levantina, o la inmediata zona de huerta que la rodea, con decenas de municipios, las nubes se diluyan en su totalidad castigando así, con una particular ausencia de chubascos, a esta zona.

Se trate del cambio climático, o cómo en los últimos tiempos apuntan los expertos, al calentamiento del Pacífico, cierto es que cuando precipita en Valencia y sus alrededores, lo hace no más de diez minutos escasos. Salvo honrosas tormentas que muy esporádicamente, se prestan a regalar su agua de lluvia. A todo ello se unen unas temperaturas muy particulares. Escasísimo frío (podríamos contar uno a uno los días en que éste fue protagonista la pasada estación invernal) y un muy atípico mes de julio por ejemplo, donde este año pareció que el verano se resistiese a llegar.

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Ni siquiera las tormentas de estos días han llegado a pronunciarse de manera significativa aquí, con lo que ello significa para la huerta valenciana y para la mayoría de sus cultivos. Si ya resulta poco rentable para los agricultores de la zona seguir con la labranza de algunos productos tradicionales, por su escaso valor en el mercado, todavía lo es más cuando la climatología no ayuda a paliar el coste económico del regadío.