Si bien hace unas semanas nos inundaba un irremediable impulso de abrazar a Sánchez por la mala fe de sus compañeros de siglas, hoy Clinton al menos merece una palmadita en la espalda, acompasada de un “adiós” que extinga sus anhelos políticos. Hillary #CLINTON, que para muchos no es ni santa ni devota, vislumbra así a sus casi setenta años el término de su andadura política, escribiendo las últimas páginas de su trozo de historia, con la pesadumbre de no haber podido rematarla con una firma bonita. Para mal o para peor, este es el momento para asumir que nos gusta escribir la Historia antes de que la misma se pronuncie.

Los comicios estadounidenses han desnudado a un país que si de algo ha presumido es de poco pudor nacional.

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Un país en el que, sin que quepa duda alguna, vomitar ciertos tipos de conductas no es constitutivo de marginación, sino que se manifiesta como iniciativa para ser un punto de encuentro entre sus análogas. Lo sucedido es como esa nota disonante que revela que otras muchas asimismo lo son, que generan un efecto sistemático en una partitura tan profusamente flexible que permite la sonoridad del ruido. El quid que nos concierne aquí es el autoengaño generalizado: que algo sea inverosímil en una democracia, un hecho anómalo en un Estado de derecho, no evita su contingencia. Si algo he aprendido fielmente es que lo existente nunca agota las posibilidades de lo real y que la causalidad es una cadena de síntomas y consecuencias. Ya lo advertía Aristóteles señalando la oclocracia como una de las degeneraciones de la democracia: nuestro sistema deviene en un proyecto de liderazgo de una muchedumbre sumida y guiada por la ignorancia.

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Cuando se señala la indispensabilidad de asegurar una ciudadanía regida por la luz de la cultura y el conocimiento, es con el único fin de evitar decisiones irracionales e inmorales que sean óbice de progreso y bienestar.

Una falla de nuestro sistema (tanto del europeo como del norteamericano) es una credulidad impuesta a golpe de anulación del pensamiento crítico. Sin embargo, no es difícil saber adelantarse a lo previsible. Este es el caso de Hillary Clinton, que al margen de su incuestionable preparación y experiencia, denota una figura bastante arraigada en la imagen del político estadounidense. Obviando que a los estadounidenses aún les cuesta paliar arcaicos estigmas al preferir alzar a un sociópata que a una mujer, Clinton no ha logrado desechar una estela de desconfianza y corrupción que parece inherente al gen político del Estado, convirtiéndose en un reflejo de la continuidad de lo que América ya no quiere más: un puesto de irrelevancia dibujando su supremacía en el cuadro del olvido.

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El Make America great again es un grito a la desesperada por recuperar un atisbo de esperanza para quienes el narcisismo es un deporte nacional.

Bajo este umbral de incertidumbre, entre el resquicio del nuevo comienzo del fin de lo pasado, sólo queda alentar un último suspiro por las cenizas de un sueño; no el norteamericano, no, uno soberbiamente superior: la oportunidad definitiva para reencontrarnos con nosotros mismos sin un espejo de vergüenza. #EEUU #Elecciones