Erika afirma que no le gustaba nada que Santiago la agarrase y que por eso lo denunció a la policía, pero que le sigue amando con locura ya que es el padre de su hija. El maltratador de 20 años ha entrado en la prisión de Topo Chico, Monterrey y está a la espera de un juicio. Antes de ser asignado a un módulo dentro de la cárcel, los narcotraficantes estudiaron su ropa puesta y su físico. Los narcos comunicaron a su familia que debía de pagar una cuota de ingreso de 5.330 euros, si esta cantidad de dinero no se pagaba, lo podrían asesinar nada más entrar al patio.

Elizabeth, que ahora tiene 37 años de edad, vive bajo un martirio constante. Desde que detuvieron hace seis meses a su hijo. Elizabeth tuvo la casa donde vivía junto a todos los muebles que había dentro por 2.670 euros, y les pidió préstamos a sus parientes para conseguir los otros 2660 euros que le faltaban para pagar.

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Pero esa era solo la cantidad de ingreso para protegerlo, en estos momentos tiene que pagar entre 90 y 180 euros semanales.

El jueves por la mañana, dos grupos relacionados con Los Zetas se peleaban por el control de la cárcel. Se encararon puñales, botellas, varillas de metal, palos y piedras, aún que hay testigos que aseguran que desde el exterior se podían oír disparos. La riña duró alrededor de 3 horas y se cobró la vida de 49 personas, entre aquellos cadáveres había cuerpos linchados, golpeados hasta la muerte, incendiados… Aquello fue la rebelión carcelaria interna más sangrienta en toda la historia de México.

El cartel del Golfo y los Zetas, las entidades criminales más predominantes, batallaban por la plaza, como se entiende al hecho de obtener superioridad en un lugar. En ese entonces, se hizo reputado el vídeo de la guardería La Estanzuela, donde unos niños estaban tumbados en el suelo junto a su profesora, la cual cantaba una balada para tranquilizar a sus párvulos.

Si esto no era una guerra, lo parecía lo suficiente.

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Monterrey registró más de dos mil homicidios en 2011, cuando en 2010 sólo fueron ochocientos veintiocho. Los retazos de esta lucha se han mudado a las prisiones, dónde los rostros de las bandas le quitan el dinero a gente como Santiago.

La madre de Santiago, para saber si su hijo es uno de los 49 muertos, ha entregado los forenses, muestras del ADN de éste. La cual, junto a otras madres y padres de presos, gritan los nombres de sus hijos a través del cercado de la cárcel. Los presidiarios sacan una mano por la ventana de su celda o se acercan a las escalerillas de emergencia. Está angustiada, ya que ninguno es éstos es Santiago. #Narcotráfico