El periodista Ramón Lobo, en su artículo dominical de El Periódico de Catalunya, titulado “Estamos vivos de milagro”, recordando algo que a las generaciones actuales, más preocupadas por el desastre ecológico que podríamos padecer en pocos años, desconocen: que ese fin del mundo podría haberse anticipado en muchos años, pero no por calentamiento global, sino por el efecto devastador de miles de bombas atómicas juntas.

Se hace eco del prestigioso diario The New York Times, que ha podido acudir a documentos secretos recientemente desclasificados, que revelan datos escalofriantes de la Guerra Fría entre EE.UU. y la URSS. Para los que los conocíamos en cierta medida, ya los esperábamos, y a los que no, les asustarán.

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Se pueden encontrar en los Archivos de la Seguridad Nacional americanos.

En aquella época, la Guerra Fría, que empezó poco después de finalizada la II Guerra Mundial y con la URSS imponiendo su poder en Europa del Este, aparte los países asiáticos comunistas, a EE.UU. y a sus sucesivos Gobiernos se les ocurrió empezar una carrera de armamentos costosísima. La URSS, para no quedar atrás, se metió a competir en esa fabricación indiscriminada de armamentos, pero al no tener potencia económica suficiente, ello fue debilitando poco a poco al gigante soviético hasta dejarlo en la ruina cuando la URSS se deshizo en varios países, allá por 1991, por colapso y cayéndose de puro vieja.

Pero esos documentos secretos muestran zonas donde, en caso de guerra nuclear, se hubieran arrojado bombas, por parte americana: 179 puntos sólo en Moscú, para empezar.

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Luego, 145 en Leningrado (actual San Petersburgo) y 91 en Berlín Este (ciudad entonces dividida en dos sectores). Bombas que tenían muchísima más potencia que las que padecieron Hiroshima y Nagasaki.

Luego, esa Guerra Fría, como bien recuerda Ramón Lobo en su artículo, les llevó a ambas potencias a cometer abusos en muchos lugares del mundo donde querían imponer su dominio, con miles de muertos por ello. Hay que incluir golpes de Estado en Latinoamérica auspiciados por EE.UU. o guerras civiles en varios países de allí (Nicaragua o El Salvador, por ejemplo, con ambas potencias apoyando a cada sector enfrentado al otro).

Pone como ejemplo de cómo fue aquella paranoica época la película “Teléfono rojo, volamos hacía Moscú” de Stanley Kubrick (título auténtico, “Doctor Strangelove, o cómo pude dejar de preocuparme y amar la bomba”), en donde con un humor negro muy inteligente, el cineasta neoyorkino, ya afincado definitivamente en Gran Bretaña, satirizó a ambos bandos en una delirante y divertidísima historia con grandes momentos antológicos, como el piloto texano que caía con una bomba atómica a su objetivo, montado sobre ella como si estuviera en un rodeo, o el soldado disparando con su arma al cajetín de una máquina expendedora de Coca-Cola para que un militar británico tuviera dinero para llamar desde una cabina telefónica al Presidente de los EE.UU.

EE.UU. acabó teniendo diez veces más armamento que la URSS, finalmente, y las bombas atómicas de la primera totalizaban unos 20.000 megatones, con lo que la Humanidad no sobreviviría.

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Ninguna de las dos dio jamás el primer paso para una guerra nuclear, ya que ninguna habría ganado, y si lo hubiera hecho, hubiera ganado un planeta devastado e inhabitable. #Estados Unidos #Rusia