"Nosotros no hemos inventado nada; el periodismo narrativo existe ya no sólo desde el New Journalism de los estadounidenses, maestros en todo caso, creadores de un estilo y unas fórmulas que siguen usándose como, por ejemplo, el respeto absoluto al lector y a los hechos, sino que la crónica existe desde Heródoto, y en nuestro continente desde el Inca Garcilaso de la Vega". María Fernanda Ampuero, escritora y periodista ecuatoriana afincada en España, lo tiene claro: la literatura y el periodismo latinoamericano están en el punto de mira del mundo, pero no se puede volver a usar el término boom

"La palabra boom vinculada a las letras de América Latina -sostiene Ampuero- tiene una carga gigantesca y está inseparablemente unida al realismo mágico y a autores como García Márquez o Vargas Llosa.

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Esa generación, esas novelas que pusieron la literatura latinoamericana en el mapa de la literatura universal, respondían a un fenómeno editorial, político, artístico y social muy concreto; eran tiempos convulsos políticamente en el continente, grandes artistas emigraban a Europa, las vanguardias se habían hecho carne en muchos de los jóvenes que querían dedicarse a la escritura mostrando que otras formas de contar América Latina eran posibles y, sobre todo, ese movimiento editorial que se originó en Barcelona y que tiene un nombre: la súper agente Carmen Balcells... y bueno, todo eso no se está repitiendo ahora; están pasando otras cosas, cosas interesantísimas, pero esas no".  

La escritora explica que lo que sí hay es "un interés cada vez mayor Latinoamérica, no sólo desde fuera, sino desde la propia Latinoamérica".

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"Nos hemos dado cuenta de que tenemos un continente de historias y que es imposible no lanzarse a por ellas, porque un cronista cuenta porque tiene un deseo, una urgencia de contar desde siempre y para siempre, que si está un tiempo sin una historia entre manos es como si estuviese criogenizado, o sea mal, incómodo, fósil. Y también, por otro lado, creo que es necesario contarlas, contarnos: esto somos".

"Me parece muy hermoso imaginar Latinoamérica –que ya es otra, que ya abarca Estados Unidos, Canadá, España, Italia, las tierras donde hemos emigrado- como un conjunto de pequeñas crónicas desde las de, por ejemplo, Eileen Truax con los Dreamers, los hijos de los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos que luchan por su derecho a estudiar, hasta las de Josefina Licitra o Leila Guerriero en la Patagonia, pueblos literalmente en el fin del mundo. Es una forma que me gusta de mirar nuestro continente, a través de los ojos de esta gente tan talentosa y tan humana. La Colombia de Alberto Salcedo Ramos, el México de Alma Guillermoprieto o de Juan Villoro, el Perú de Marcos Avilés o Julio Villanueva Chang, la Bolivia de Alex Ayala…Y así podría seguir y seguir", apunta la periodista, que reconoce que los nacidos en los sesenta y setenta son, "aunque sea para negarlo", herederos del realismo mágico.

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"Dejó mariposas amarillas, mujeres que vuelan, a Isabel Allende -bromea, y apostilla: "No, en serio, creo que el realismo mágico nos marcó a todos los de esta generación". #Crisis