El diminuto cuerpo de Aylan Kurdi apareció tendido en la arena de la playa de Bordum, en Turquía, sin vida. A la corta edad de tres años, la imagen de ese pequeño ha dado la vuelta al mundo agitando las conciencias europeas.

 

Galip y Aylan eran dos niños alegres, con cuerpecillos rechonchillos preciosamente reflejados en las bellas estampas de familia. Sus vidas fueron demasiado cortas. Cinco y tres años de edad cuando abandonaron este mundo sin saber, ni siquiera, lo que era vivir. Ambos venían de Kobane, una de las ciudades en las que se ha vivido una de las batallas más atroces entre la guerrilla kurda y el #Estado Islámico.

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Por suerte, su familia y ellos pertenecían a las trescientas mil personas que habían huido, antes de que ocurrieran los altercados más crueles, hacia Turquía, escapando sin duda alguna del pánico de la guerra.

 

La hermana del padre de los pequeños vivía en Canadá. Pidieron asilo intentando escapar más lejos de la cruda realidad, pero hubo problemas con las solicitudes provenientes de Turquía, y se les denegó el refugio canadiense.

 

Intentado poner tierra de por medio, decidieron cruzar el mar para llegar a Europa. Pensaron que quizás desde aquí, les sería más fácil conseguir el visado para poder irse con parte de su familia.

 

Su historia, contada por el padre de los pequeños, en el crudo mar es corta: “Conseguimos un bote y empezamos a remar hacia Kos. Después de alejarnos unos quinientos metros de la costa, en el bote empezó a entrar agua y se nos mojaron los pies.

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A medida que aumentaba el agua, cundía el pánico. Algunos se pusieron de pie y el bote volcó. Yo sostenía a mi mujer de la mano. Las manos de mis dos niños se escaparon de las mías, intentamos quedarnos en el bote, pero el aire disminuía. Todo el mundo gritaba en la oscuridad. Yo no lograba que mi esposa y mis hijos oyeran mi voz".

 

Tras ese relato, un hombre con vida aún, les buscó para encontrarse de frente con su desgracia: sus hijos y su esposa habían fallecido. Ahora, sus cuerpos inertes ya sin vida, esperan sepultura en una fría morgue de Mugla.

 

El único deseo de Abdulah, el padre de los pequeños, es poder trasladarlos a Kobane para darles sepultura junto a los dieciséis miembros de esta familia que han perecido durante esta guerra.

 

Sin embargo, lo que queda en la retina como algo que cuesta hasta mirar, es aquella carita “dormitando” en la arena de la playa con camiseta roja, pantalones azul marino cortos y zapatos con velcro.

 

Muchos son los que han escrito sobre Aylan.

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Sé que no soy la excepción y me alegro, porque dejar de hablar sería como asumir una vez más que alguien vuelve a perder la vida sin que eso conlleve un cambio significativo en todo lo que está ocurriendo muy cerca nuestro. Quizás si somos persistentes, no sólo haciendo la típica noticia del día sino dándole esa voz que se le arrebató antes de tiempo, seamos capaces de que sus nombres no se olviden jamás pues ellos habrán hecho con sus muertes, que el inicio del cambio fuera posible. ¿Víctimas inocentes? ¿Muertes prematuras? Sí, por desgracia sí. Pero también mártires de aquellos niños a los que lograron salvar de una muerte como la suya, mostrándoles al mundo lo que era morir sin saber ni siquiera lo que es vivir.