El presidente de la Federación Rusa Vladimir Putin ha firmado el decreto que obliga a destruir los productos de alimentación procedentes de los paises europeos "castigados" por Rusia en respuesta a sus sanciones impuestas por la política agresiva del país respecto a su vecino Ucrania. El decreto entró en vigor el día 6 de agosto, el aniversario de las primeras sanciones europeas, y sólo en los primeros dos días de su vigencia han sido destruidos más de 500 toneladas de #Alimentos "sospechosos" (carne de cerdo, guesos, frutas y verduras). 

Varias aduanas en la frontera con Bielorussia, de donde llega la mayoría del contrabando, han sido equipados con los "tanatorios moviles", las máquinas incineradoras de los restos orgánicos.

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Los demás puntos fronterizos se quedaron en plena libertad respecto a los métodos y medios de la destrucción de la comida. Se usan los tractores, las escavadoras, el fuego. Los alimentos se prensan y se echan en los pozos mesclándose con la tierra. Los testigos dicen que a los conductores de las máquinas de destrucción les salen las lágrimas al ejecutar la orden pero siguen con su labor.

Parece mentira que en el siglo XXI se toman semejantes desiciones. Y aún más, en un país que haya sobrevivido las hambrunas brutales  tras la revolución, la guerra civil y la Segunda Guerra Mundial, donde todavía hay gente que recuerda el hambre del sitio de Leningrado y sigue recogiendo migas tras cortar el pan, donde actuamente hay 23 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza, donde la ración de los orfanatos no incluye frutas y los ancianos mueren de hambre.

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Las autoridades rusas justifican la medida como la más eficaz en la lucha contra el contrabando y el fomento de la producción nacional, alegan que sirve para proteger la salud de la población dado que muchos de los alimentos no tienen certificados fitosanitarios, afirman que es una "práctica universal" y llaman al patriotismo ruso. Pero siendo una "guerra de la comida", esas medidas drásticas y absurdas parecen una guerra contra el propio pueblo. El pueblo que, a pesar de todo, está callado. Y por lo tanto, la guerra continúa.