Este fin de semana Europa ha estado marcada por dos grandes eventos. El primero, y más relevante para la actualidad, fue la reunión del Eurogrupo en el que los miembros del Euro decidieron por consenso el destino de Grecia. El segundo, y quizá el que ha pasado más desapercibido, ha sido la conmemoración del XX aniversario de la masacre de Srebenica.

La reunión de Tsipras con sus socios europeos ha incendiado las redes sociales. Sabiendo que este país ha perdido en lo que lleva de crisis casi un 30% de su PIB, algo que es únicamente comparable con la situación de un país después de una guerra, podemos decir que aumentar las medidas que se han estado tomando hasta el momento sólo conseguirán que la calidad de vida de los griegos empeore, al margen de lo que muestren sus cuentas.

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En el aniversario de Srebenica, solo puedo pensar en el tiempo que nos llevó a todos reaccionar ante tal crueldad. Tuvimos que esperar hasta que los cadáveres no cabían bajo las alfombras de Sarajevo. Y hoy me pregunto, tras la resaca del fin de semana, ¿qué separa a Europa de estas montañas? Parece que Europa no ve más allá de ciertas cadenas montañosas, de ciertos accidentes geográficos, cuando lo que va a ver al otro lado no le interesa.

Grecia será castigada por encontrarse donde está, por el peso de los prejuicios que caen sobre ella, y por su distanciamiento geográfico de Bruselas. Desde el centro del continente europeo, los Balcanes no parecen verse como pertenecientes a Europa. Parece ser que la cadena montañosa de los Balcanes son una barrera que separa dos entidades distintas, y que los que se encuentran al norte no ven ni entienden lo que pasa al sur, mientras que los del sur se mueren de ganas por formar parte del norte.

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Hoy los griegos llorarán su destino mientras leen a la luz de una vela, sin trabajo ni casa ni esperanza, pero estarán contentos de que las banderas azules con doce estrellas sigan ondeando en sus instituciones. Igual que con los bosnios hace veinte años, los europeos hemos decidido ignorar el dolor de un pueblo balcánico por motivos geoestratégicos, económicos o simplemente de conveniencia política.

Después de esta nueva desgracia, no puedo evitar preguntarme si realmente los Balcanes pueden continuar siendo parte de Europa o si los continentes debieran delimitarse por razones solidarias además de las geográficas. Este fin de semana, por segunda vez, los europeos nos hemos merecido perder esa tierra tan rica, tan plural y tan incomprendida que es la península balcánica: les hemos vuelto a fallar.

Además, no puedo evitar preguntarme si lo mismo sería aplicable a un país de la Europa más europea, aquella que parece ser la única Europa válida y que establece lo que es o no propio de todos los que formamos parte del continente.

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Y no puedo evitar pensar que, ciertamente, se actuaría de otro modo. Y lo creo porque ya antes hemos vivido una situación parecida, en la que un país europeo nos traicionó a todos y nos hizo hundió en la miseria. En este caso, la solución fue justo la contraria. ¿Cómo defender que la justicia sea diferente dependiendo de la procedencia del procesado? ¿Cómo podemos otorgar la misma credibilidad a aquéllos que han sido condonados por su crímenes y hoy se empeñan en la reincidencia, y a aquéllos que piden clemencia?

Este fin de semana, Europa debería haber aprendido una lección que ya ignoró hace 20 años. Y si los líderes no lo hacen, tendremos que ser nosotros, la ciudadanía, quien la aprenda y la imponga. #Unión Europea #Angela Merkel #Crisis en Grecia