Antonio Caballero, miembro de la Unidad Canina de Rescate del Consorcio de Bomberos de la Diputación Provincial de Córdoba, partió como voluntario hacia Katmandú el pasado 27 abril junto a su perro "Kron" y once compañeros de la ONG Bomberos sin Fronteras.

En su primera experiencia en labores de salvamento fuera de España, pasó seis días buscando vida bajo los escombros en algunas de las zonas más afectadas por el terremoto de 7,8 grados en la escala Richter que desquebrajó Nepal hace apenas tres semanas. Pero esa vez no pudo ser. La magnitud del seísmo, la falta de medios adecuados para llegar con prontitud a las zonas devastadas y el tiempo invertido en acceder a las diferentes localidades, lo hicieron imposible.

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Antonio trae muchos recuerdos en la mochila, y también ganas de vivir y de disfrutar de cada instante con la clara conciencia de que cada momento es irrepetible. Dejó casi todo lo que llevaba en su equipaje en Nepal, donde una pastilla de jabón, un paquete de pañuelos de papel o un trocito de cuerda para saltar a la comba, son un auténtico regalo en estos días.

Cuenta que al subirse al avión que le trajo de nuevo España dejó un país asolado por la pobreza y con mucho trabajo aún por hacer. Un país que "no estaba preparado para otro terremoto", como el de 7,3 grados que ayer volvió a sacudir sus entrañas y que, de momento, ha costado la vida a unas setenta personas y causado casi 2000 heridos, según fuentes oficiales nepalíes.

El epicentro de este nuevo terremoto ha tenido lugar en el distrito de Sindhupalchok, precisamente uno de las zonas a las que fue destinado el contingente de bomberos españoles en el que participaba Antonio y una de las áreas donde el primer seísmo se cobró más víctimas mortales.

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Él explica que ese distrito cuenta con multitud de zonas rurales y pequeñas aldeas con infraestructuras "escasas y malas". Allí abundan las edificaciones de adobe, piedra y barro, unos materiales que ofrecen menos posibilidades de supervivencia en caso de derrumbe que los que pueden proporcionan los edificios de hormigón armado. Y es que cuando esas viviendas se desploman, las personas "quedan enterradas en la tierra". No existen los llamados "huecos de vida" que se crean en los edificios modernos, espacios capaces de albergar a un ser vivo y que permiten el paso del aire o del agua de lluvia.

Recuerda que "solo en Chautara -la capital del distrito, que dispone de instalaciones más actuales que las poblaciones cercanas- quedaba algún edificio en pie, pero eso sí, "cogido con hilitos", casi desafiando a la ley de la gravedad. Por ello da por seguro que muchos de esos inmuebles se habrán venido abajo en alguno de los 17 temblores que ayer registraba en Nepal el Servicio Geológico de Estados Unidos.

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Durante el tiempo que Antonio Caballero estuvo en el país asiático le tocó, además, vivir más de un movimiento sísmico, porque "allí había cuatro o cinco réplicas diarias". Relata que una noche, a las dos de la madrugada, el equipo buscó refugio para descansar en un comedor que aún se sostenía en Chautara, pero que apenas una hora y cuarenta y cinco minutos después hubo una réplica de seis grados "que nos hizo saltar por la ventana. Y, la verdad, que impresiona".

Como le impresionó ver la "pobreza" de los habitantes de Nepal y su afán de supervivencia, comprobar cómo los médicos se afanaban por atender a las víctimas en "lo que para nosotros sería un hospital de campaña: una lona en mitad de una explanada de tierra" bajo la cual reposaban los heridos, tumbados "en el suelo".

Antonio asegura que después de esto ya nada será igual. Confiesa que el terremoto de Nepal "va a ser un punto de inflexión en mi vida, un antes y un después", porque una experiencia como ésta "te hace apreciar lo que realmente tiene valor en esta vida". #Epidemia