Se cumple este año 25 años desde que Augusto Pinochet tuvo que abandonar la dictadura que él manejaba despiadadamente desde el Golpe de Estado de 1973 que derrocó al Presidente Salvador Allende. Y si se mira lo que queda del país que él "legó" a sus compatriotas, no queda casi nada, algún residuo nostálgico suelto.

Él mismo presumía de controlar hasta cómo se movían las hojas de los árboles de su país, contó con el apoyo de EE.UU. cuando el republicano Richard Nixon era el Presidente, e incluso tenía las simpatías hacía él por parte del Papa Juan Pablo II, como se vio en la famosa visita pastoral del Pontífice, saliendo al balcón del Palacio Presidencial con Pinochet, o cuando lamentó la detención de él en Londres por Baltasar Garzón.

Sin contar la de Margaret Thatcher, que le puso como un héroe diciendo "Usted trajo la democracia a Chile", aparte de que ayudó a Gran Bretaña en la guerra de las Malvinas.

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Simpatías o antipatías aparte, las cuales la Historia pondrá a cada uno en su sitio, se ve que el Chile actual ha cambiado mucho, y los candidatos de la derecha chilena han sabido ser moderados, como Eduardo Frei hijo o Sebastián Piñera. Son ahora una democracia que funciona bien y saben alternarse derecha e izquierda en el poder como debe ser.

Un ejemplo es que el palacete de Pinochet, de 1.500 metros cuadrados, a donde peregrinaban sus simpatizantes al ser liberado, ya no existe, y la familia ha podido vender alguna casa de su propiedad, ya que casi todas están embargadas por el Estado o el fisco. Lucía Hiriart, su viuda, decidió irse del selecto barrio en donde vivían, Lo Barnechea, al Este de Santiago de Chile, al sufrir su hija Jacqueline un asalto el año pasado.

Además, la familia está metida de lleno en un escándalo financiero, el caso Riggs, ya que se descubrió hace poco que Pinochet tenía cuentas bancarias secretas en EE.UU.

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El juez Miguel Valderrama tiene que tomar la decisión, ya que una decena de militares colegas de Pinochet están metidos en el asunto. También está lo de que están congeladas cuentas bancarias de los Pinochet en Chile por valor de 5.300.000 dólares y 23 edificios que tendrá que decidir si dárselos al fisco.

Tampoco queda el nombre de la Avenida 11 de Septiembre en Santiago, ahora llamada Nueva Providencia; una medalla institucional que llevaba su nombre ya no lo lleva; y en el Parlamento chileno se prepara un proyecto de Ley por el Gobierno progresista de Michelle Bachelet que quiere prohibir, como en Alemania con el nazismo, cualquier tipo de apología o alabanza a la dictadura o a su jefe supremo.

Apenas quedarán dos estatuas del dictador, como una de bronce en el Museo Marítimo, u otra que está en el MAC (Museo de Arte Contemporáneo), esta última una especie de alegoría de un artista chileno conocido con el mote de "Papas Fritas", donde lo muestra teniendo detrás a los Presidentes chilenos que le sucedieron sin cabeza o una niña encapuchada que le apunta con una pistola y que apareció muerta poco después.

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No se sabe si más adelante, con Pinochet, ocurrirá como ahora con Franco en España o Pétain en Francia, cuyos partidarios quieren rehabilitarlos para las futuras generaciones mediante biografías dulcificadas o lo que sea, pero quien se creía dios, o que quería ser el Franco de Latinoamérica ya no es el que, como cualquier dictador, recibía un culto a la personalidad muy alto.