Tras un repaso a conceptos básicos como que las sociedades no son estáticas  o que muchos conflictos parten de la idea de identificar un país con una sola cultura, Pierre Bosset, profesor y abogado canadiense, se ha dispuesto a analizar los retos a los que los derechos culturales se enfrentan en la actualidad.

En su conferencia Una aventura inacabada: el reconocimiento y la justificación de los derechos culturales ha asegurado que los conflictos culturales se pueden vencer entendiendo la cultura como un Derecho Humano y como una libertad pero que se trata de algo complicado porque los derechos sociales, económicos y culturales (conocidos como DESC y referidos a  vivienda, empleo, cultura, educación, etc.) no se consideran derechos de primera generación.

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Esto se debe, como explica en la exposición, a que en los orígenes de la misma elaboración de la Declaración de Derechos Humanos y de los tratados facultativos que la desarrollan, los derechos civiles y políticos (libertades como la de expresión o el sufragio) se superpusieron a los sociales.  En un contexto de Guerra Fría post II Guerra Mundial donde la visión capitalista del mundo y la comunista se enfrentaban diariamente, asegura, fue muy difícil ponerse de acuerdo. Este conflicto llevó a supeditar los derechos sociales a “los recursos de cada estado” por lo que su obligación es limitada y no inmediata a la firma del Tratado.

En este aspecto, la protección de la cultura en el derecho internacional puede pasar por pensar qué deben hacer los Estados para protegerla o en reconocerla formalmente y con garantías como un Derecho Humano.

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Por eso, según ha explicado Bosset, hay que distinguir entre los derechos de los Estados de proteger su cultura, canalizados sobre todo a través de la UNESCO y con capacidad de aplicarse tanto cosas tangibles (La Lonja de Valencia) como intangibles (Els castellers), y entre el derecho a disfrutar, vivir y ejercer una cultura.

Si la primera de las formas ya comporta conflictos a pesar de su carácter institucional (sobre todo con los tratados de libre comercio y la #Globalización del mercado), la segunda sale todavía peor parada aunque empieza a desarrollarse. Según su análisis de los protocolos de derechos de Naciones Unidas, los humanos tenemos libertad para crear cultura, derecho para acceder y participar de ella, y derecho a que se respete nuestra identidad cultural.

Para respetar ésta última, en Canadá se está llevando a cabo la idea de cultural adequacy, que consiste en aceptar que cada derecho tiene una dimensión cultural. Esta aceptación es de vital importancia pues permite que comunidades con necesidades específicas o modos de vida distintos a la mayoría puedan ejercer sus derechos con respeto a su cultura.

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Además, la constitución canadiense recoge el principio de la multiculturalidad, por lo que todas las leyes deben ser interpretadas bajo esta visión (caso del Kirpan). Aún así, las únicas constituciones del mundo que reconocen que su Estado es intercultural son la de Ecuador (2008) y la de Bolivia (2010).

A modo de conclusión, Bosset asegura que la gestión de la diversidad cultural no es un tema cerrado pero que al menos pasa por reconocer que ésta existe y por recoger la idea aristotélica de que a veces la igualdad significa tratar a la gente de forma distinta. El profesor concluye su intervención asegurando que los derechos culturales no son de la minoría, sino de todos los humanos con independencia de su grupo cultural.