Se llamaba Andreas Lubitz. Tenía veintiocho años y su nacionalidad era alemana. Formaba parte de la tripulación del Airbus A320 que se estrelló el pasado 24 de marzo en los Alpes franceses. En septiembre de 2013 empezó a trabajar en Germanwings. Poseía una experiencia de seiscientas treinta horas de vuelo. Era el copiloto del vuelo 4U9525 de Barcelona a Düsseldorf.

Según los datos extraídos de las cajas negras del avión siniestrado, fue el culpable del choque del avión. Estos son los datos facilitados por la compañía en su rueda de prensa en la que una, dos y hasta más de tres veces han confirmado que ellos confían plenamente en sus pilotos, que confían en la formación que se imparte por parte de la empresa y que obviamente, no se esperaban lo que se han confirmado tras las escuchas grabadas en la caja negra.

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Ahora bien… ¿Quién era Andreas Lubitz? ¿Un suicidad? ¿O un terrorista?

El joven Andreas provenía de la región de Renania-Palatinado, de la localidad de Montabaur. Poseía una casa en Düsseldorf. Después de saberse que él fue quien accionó de manera voluntaria el botón para el descenso de la aeronave, las fuerzas policiales que investigan el caso, se han personado en casa de sus padres que aún viven en dicha localidad donde residen escasamente trece mil habitantes.

Los que le conocían dicen que era un chico simpático al que le gustaba cuidar su forma física y que era normal verle corriendo por el barrio. También comentan que su sueño siempre fue volar. Luchó para poder hacerlo realidad y en 2010 obtuvo la licencia de vuelo.

En 2013 se le cualifico como apto, después de que superara todos los requisitos médicos y formativos del organismo, siendo así reconocido por la Administración Federal de Aviación.

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Entonces, si Andreas era un joven alemán aparentemente normal, ¿qué le hizo cometer ese acto?

Los últimos minutos registrados en la cabina de mandos, registran como el piloto, Patrick S., abandona la cabina para, posiblemente, una necesidad vital. Le dice a Lubitz que coja los mandos. Una silla se aleja y una puerta se cierra. Luego, silencio hasta que en los minutos finales, los gritos aterrados de los pasajeros al ver el impacto inminente quedaban registrados.

No se oyó en ningún momento golpear la puerta para pedir que se abriera, ni nadie exigiendo que aquello se hiciera para poder acceder de nuevo a la cabina. Sólo, ocho minutos de silencio con una respiración normal por parte del copiloto que hace descartar que sufriera un desmayo o un infarto cuando se encontraba sólo en la cabina. Los pasajeros gritaron. El piloto no. Tampoco la tripulación. Nadie golpeo la puerta para que esta fuera abierta. ¡Nadie!

¿Era Andreas Lubitz un suicida o un terrorista? Hasta la fecha del accidente, no estaba registrado en ninguna lista de peligrosidad.

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Mas, por lo que apuntan las grabaciones, no fue el único que estaba allí arriba. ¿Qué estaba haciendo el piloto para que su voz, pese a ver la maniobra realizada por su copiloto, no fuera registrada por las cajas negras?

Los muertos no hablan. De momento son muchas las incógnitas por averiguar en este fatídico incidente aéreo. Hasta que todo se resuelva, debemos creer en unas personas que sólo confirman que ellos hicieron todo lo que estaba en su mano. ¿Seguro que fue así?